El tema de la crítica es en España --y acaso también en buen número de países-- el cuento de nunca acabar. Está tan deturpada su función, resulta ser tan "dehesa de Concejo a todo el mundo abierta se ofrece tanta mercancía averiada en sus proscenios y tribunas, que es muy difícil abordarlo con un mínimo de complacencia e ilusión esperanzada. Y, sin embargo, todo camino de esperanza en la creación de un clima intelectual denso y tonificante en uno de los países de más amplio y fecundo cursus honorum cultural de los que han protagonizado la historia hasta el presente, pasa, insoslayablemente, por poseer una crítica a la altura de tal trayectoria e identidad.

Pero lo cierto y verdad es que, por momento, ni el más optimista o cortesano de los arúspices se atrevería a señalar signos favorables en el horizonte próximo. Los grandes escaparates mediáticos --el resto de la crítica es, en puridad, catacumbista o casi-- marcan dictatorialmente sendas que conducen de modo ineludible a perspectivas muy ralas y, a menudo, sectarias. No sólo sus suplementos y magacines se ocupan de las publicaciones de sus propias o afines editoriales y de los autores incardinados en su órbita ideológica, sino que organizan campañas de ninguneo y destrucción masiva de ls obras y escritores con audiencia en alguna otra --no hay muchas...-- de las cadenas mediáticas con éxito y poder.

Lo expuesto se concreta, bien se entiende, al plano de la literatura de "no ficción", como suelen clasificarse en los rankings bibliográficos proporcionados por dichas publicaciones hebdomadarios los libros de investigación o ensayo. El mundo narrativo tiene sus normas propias, mas no muy alejadas de las que rigen en el mercado de la producción anterior. Las reglas del capitalismo manchesteriano también se aplican con precisión informática en este escenario, pero el monopolio crítico se ofrece aquí más quebrantado por fuerzas y elementos que escapan a su estrecho control. El "boca a boca", las recomendaciones de prensa, radio y televisiones de ámbito muy local y reducido pero de notable influencia en capas de reciente o mediana instrucción, ejercen de sólito una labor orientativa acerca de las novelas de lectura obligatoria o provechosa. Previsiblemente, dada la óptica economicista a ultranza que prevalece en la ya muy deteriorada galaxia de Gutemberg, en este terreno se librará a corto plazo una feroz batalla por la clientela del principal producto de la industria cultural española, con repercusiones, quizá, de alguna trascendencia el ámbito al que se circunscriben las presentes líneas.

De materializarse, dichas secuelas serán, no hay que decirlo, de significación negativa, con descenso de títulos y lectores, incidiendo con ello, acaso un tanto paradójicamente, en un mayor relieve y ascendiente de la tarea crítica, aunque no de sus fundamentos éticos. La supeditación del eco de la literatura "no ficcional" a los juicios de críticos mercenarios y adocenados será casi absoluta, retrocediendo a épocas que, en sociedades libres y pluralistas, parecía de imposible resurrección. Con un plus, por otra parte, de humillación. En efecto, que el progreso no es una línea rectilínea en poco campos muestra mayor potencia que en el de la crítica de la bibliografía ficcional o no. Muertos Ricardo Gullón --ha ya algún tiempo-- y Javier Tusell --en fechas próximas y muy tristes--, por generoso y detenido que sea el rastro apenas si se hallarán, en la crítica de la teoría literaria y de la historiografía, nombres con auctoritas para el consejo y sugerencia solventes cara al indefenso y confiado lector, protagonista evaporado y fantasmal de toda esta historia y primera y más lamentable de su víctimas. En la esfera aludida en primer término un crítico de la periferia aunque con sólidos lazos madrileños dispone de ciencia --formidable bagaje histórico, amén de literario--, escritura y sagacidad para suspirar al sitial desocupado desde la desaparición del inolvidable asturicense, pero su unilateralidad y tics sesentayochistas le impedirán, por desgracia, ejercer el fecundo magisterio de Gullón, heredero de los grandes nombre de la primera mitad de la centuria anterior, incomparables, por su abrumadora superioridad, con los que en la segunda mitad del siglo acabado trabajaron en el mismo surco.