No quisiera estar hoy en la piel de nuestro impagable concejal de festejos, cuyas iniciales, M.F., le hacen merecedor de un destino eterno al mando de la "república festiva" con la que él identifica nuestra ciudad. Debe ser difícil de soportar la mezcla de melancolía, cansancio y resaca que hoy estará minando las fuerzas de este héroe que parece haber nacido para cantar los encantos de nuestra feria. O sea, la falta de personalidad y la desmesura. El ideal estético de un nuevo rico que confunde la cantidad con la calidad y que cree que la belleza es resultado de la acumulación y no de equilibrios inestables.

Se apagaron las luces de la portada y ahí quedó, como reliquia y estandarte de un poder civil que parece querer desafiar los proyectos de torres impertinentes que puedan hacer sombra a los jerarcas establecidos. La más grande, como la Jurado, es ya una anécdota de un mayo que fallece. Lúcida victoria del tiempo que nos reduce a lo que realmente somos: seres mortales empeñados en cubrir de gloria nuestra fugacidad.

Esa portada enorme, excesiva, ridículamente ensalzada por nuestros representantes y convertida ya en historia, es la metáfora más cruel de la política municipal. La escenificación colorista y hortera del modelo de ciudad, o mejor dicho, de la ausencia del mismo, que se esfuerzan en vendernos con el lenguaje de un encantador de serpientes. Un modelo inexistente porque es difícil encontrar una articulación coherente de proyectos, ideas y realidades por parte de un gobierno municipal más preocupado por el envoltorio que por los contenidos. Aparentemente inmune a las constantes traiciones a lo que suponíamos su credo ideológico o a las fanfarrias mediáticas con las que difícilmente oculta su rumbo desnortado.

Ante la ausencia de una estrategia, se diluyen esfuerzos y energías en bandazos incomprensibles y en apuestas que pretenden ser heroicas y acaban siendo insuficientes. Falta, por ejemplo, una política cultural que supere las inercias y que apueste con valentía por la contemporaneidad. Se confía excesivamente en las grandes firmas, mesías que vienen a salvarnos de todas nuestras miserias, mientras que se descuidan los intereses de los pequeños y medianos empresarios. No existe un diseño coordinado y eficaz sobre las estrategias turísticas en nuestra ciudad. Alguien con un poco de lucidez debería aportar de una vez por todas por un turismo de calidad, apoyado en la riqueza monumental e histórica que tenemos y en una apuesta hasta ahora inexistente por una oferta cultural a la altura de nuestro patrimonio. Algo que se ha vuelto de poner de manifiesto hace unas semanas con el polémico cierre de los museos los lunes de puente. Una vez más se ha perdido la ocasión de debatir con seriedad con qué tipo de oferta turística nos queremos diferenciar en el mercado internacional. Algo que va mucho más allá de la apertura o cierre de los museos en determinados días, que no es más que un problema laboral que como tal habrá de resolverse, y que tiene que ver con el modelo de espacios culturales que ofertamos, el público al que van dirigidos y las múltiples actividades que pueden hacerlos lugares vivos no sólo para los que nos visitan, sino también para los propios cordobeses. Algo mucho más complejo y políticamente apasionante que poner el grito en el cielo con el altavoz privilegiado de un sillón municipal.

En fin, terminado el mayo festivo, no estaría mal que, mientras que M.F. se toma un merecido descanso, sus compañeros superaran la ceguera provocada por el brillo de la portada y se aplicaran en la tarea de diseñar la ciudad que todos soñamos. Tan necesitada de ingenio y tan sobrada de bombillas que no alcanzan a alumbrar los rincones más oscuros de esta "república festiva" de la que hoy ya sólo queda el silencio de la más grande, lejana y sola entre el río y la autovía.