Cuando Franco se decía: España es una unidad de destino en lo universal. Los escolares de entonces nos aprendimos bien el lema aunque no supiéramos ciertamente su significado en aquel país tan pobre y tan gris y tan sin esperanzas. Los herederos ideológicos del franquismo ya no repiten la frase, aunque se les sigue llenando la boca de la palabra España, que la aplican en cualquier conversación, como si fuera el cuerpo místico de una idea absoluta fuera de la cual sólo existiera el vacío. La verdad es que utilizan tan frecuentemente el nombre de España en vano que a los que no tenemos ese sentimiento tan absoluto y tan religioso del término nos da que pensar. Muchas veces me acuerdo de aquel poema de Rafael Alberti en el que todas las palabras terminadas en "aña" nos inducían a un pensamiento pesimista del nombre de nuestro país y su utilización por parte de la derecha: "España, saña, pipirigaña y todo lo que suena y que consuena contigo, España, España". Suena, consuena y truena el nombre con signo apocalíptico cuando se le utiliza más que para unir, para dividir. Como ahora. Con otros estribillos como ese de "Zapatero quiere romper la unidad de España" (Rajoy, Acebes, etcétera) que, lanzado con epítetos catastrofistas, vale tanto para un roto como para un descosido, para el estado de la nación de cada año, como de cada día y de cada hora. ¡Qué aburrimiento! Digo yo que podrían poner los puntos sobre las íes acerca de la sanidad, la educación, la economía, modificando su sentido de la realidad, apostando por proyectos que puedan ser entendidos por la ciudadanía sin ese insistente machaconeo sobre la palabra que no dice nada, sólo ideas simples, repetidas histórica e histéricamente. Cantada a coro o en solo de tenores, con abundante retórica, con salidas de tono en asuntos de Estado, como en la ruptura del Pacto Antiterrorista. Decía Machado, Antonio: "Ese tu Narciso/ ya no se ve en el espejo/ porque es el espejo mismo". Ellos son España. ¿Y qué somos los que no somos ellos?. Los enemigos de España. Siempre lo dicen, venga a cuento o no. Y acompañado por verbos tan tranquilizantes como "vender", "dividir", "romper" España.

En el debate del estado de la nación los patrióticos tribunos enarbolan la palabra España como un garrote con el que parece que van a darte un estacazo o un españazo en cualquier momento. En el sentido figurado de la imagen eso parece. En el sentido maniqueísta de la palabra estamos todavía en los albores de la democracia, cuando aquellos/llas de la banderita en la pulsera del reloj te miraban torvamente y con aires de superioridad moral. Todavía pasa, aunque ahora no lucen las insignias de su patriotismo exclusivista con tanto descaro. Ahora es como si te perdonaran la vida. Lo hacen en el Congreso de los Diputados, en las tribunas de sus periódicos, en sus tertulias radiofónicas donde nadie disiente y si disiente se le fulmina.

Era cosa de ver el otro día, en el Congreso de los Diputados, a un señor al que se le suponía viajando al centro político, como Mariano Rajoy, dando españazos a troche y moche. Era cosa de ver como sus huestes aplaudían el tremendismo de estilo, más propio de su antecesor, un señor que embestía con palabras, que descalificaba "urbi et orbi" a todo aquél que tuviera una idea distinta de sus patrióticas ideas primordiales. ¿Y es ésta una derecha moderna, como quieren vender cuando se convocan elecciones?. Lo sería si socráticamente llegaran a entender la pluralidad de la sociedad española y acertaran a transmitir un mensaje más a tono con el estado real de la nación en vez de soltar españazos y gramática parda de guardianes de las esencias de la patria, defensores de la fe y del caballo blanco de Santiago y cierra España.

Con discursos más propios de un museo para celecantos que de una democracia moderna y plural cuya única meta superior debe ser la concordia civil, no vamos a ninguna parte. Va siendo hora de que la derecha cambie su lenguaje de predestinados por una gramática más moderada y más cívica, más acorde con el entorno real de nuestros tiempos. En lugar de asustarnos con tantos españazos, deberían templar gaitas, promover y apoyar ideas y consensos en torno a los grandes temas de Estado y a los intereses de los ciudadanos. Y que dejen a los muertos en paz, que no los utilicen con el mismo sentido partidista con el que utilizan el nombre de España.