No duermas la vida, vive la noche ahora que el calor abrasa las aceras. Frente al día, barrendero de ilusiones, la noche es campo sembrado de esperanzas, con rostro y perfil de mujer. Amiga de la luna y de los perros callejeros que buscan su sustento, de los noctámbulos que se concentran en sus lugares preferidos, de los night-club y las discotecas, de las terrazas cálidas, del botellón y los peroles en El Arenal. Noche de complicidades y de citas, de ternuras y caricias, de últimas sesiones cinematográficas y de galantes acompañamientos. Noche oscura, de silencios angustiosos ante las preguntas insondables y los misterios de la vida, de consejos amigos en los que desaparecen las sombras del camino, de ensoñaciones febriles frente a las batallas venideras, de ungüentos balsámicos y consoladores vendajes por las heridas de la jornada.

Noche queda, plácida y refrescante para el descanso merecido, o tormentosa en la pesadilla que nos debate y nos enoja, "que libre corres sobre el curso salvaje de los ríos" como escribiera Neruda. Noche de guardias interminables en los hospitales o los retenes, en las prisiones y cuarteles bajo los sones del dial, cuando la ciudad descansa y prepara sus fuerzas para la siguiente mañana.

Noches de verano, para caminar sin prisas, para contar y nombrar las estrellas del firmamento. No tanto para que duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios, en palabras de Baltasar Gracián. Noche de copas para prolongar la velada y la tertulia, espacio para el disfrute de los sentidos. Y sobre todo, noches para soñar, para volar al país de nunca jamás, escapándonos de nosotros mismos y nuestras realidades, para dibujar nuestras fantasías y poder alcanzarlas, para conquistar todos nuestros triunfos íntimos y lejanos, nuestras metas añoradas; para planificar nuestro futuro como renta más cuantiosa de la imaginación.

Noche mía y del mundo, como parte de la vida que alumbra certera la aurora esperanzada, donde las prisas vespertinas en el barullo de los pasos inútiles se tornan en eternidades consentidas. Noche para renacer, para meditar, para recargar los latidos y el pulso del corazón. Y que no te engañen, en la noche, todos los gatos no son pardos.