Una síntesis volandera y periodística ha de hacer gracia de los incontables detalles en que, con frecuencia, se encierran los secretos de los reveses y fiascos de una orientación política y de la marcha de gabinetes y ministerios. En la hora de la recapitulación provisional de la presidencia de José María Aznar, tot hominem, tot sententiae . Según su gremio, preferencia o parcialidad cada cual señalará un defecto o ponderará una cualidad, aunque en España primará siempre lo primero sobre lo segundo. Contra lo que hacía prever fundadas expectativas, F. Trillo ha protagonizado una desastrada gestión en Defensa, ministerio al que le unían múltiples lazos. Tal vez el nombramiento de la simpática y palabrera Celia Villalobos para la cartera de Sanidad no fuese en exceso afortunado, como tampoco el de Ana Palacio, admirable en tantas facetas de su personalidad, pero sin las cualidades para la rectoría eficaz del palacio de Santa Cruz.

Se mencionan tales ejemplos con el único propósito de indicar la desmaña de Aznar en la selección de su equipo de colaboradores más próximos, en casos, además, en que su dedo ha tenido más cualidades genesíacas que nunca. Siempre son difíciles la composición de un gobierno y la designación de los altos cargos. En democracia particularmente. El cesarismo de los líderes se encuentra --afortunadamente las más de las veces-- contrapesado con las corrientes y sensibilidades de sus partidos que imponen cuotas y nombres. Según comentarios muy extendidos y conforme dejan ver a diarios sus hechos y dichos, el cesarismo se transmuta en Aznar en autoritarismo cuando no en despotismo a la hora de marcar pautas y escoger personas dentro del partido. Su obsesión por la unidad --por lo demás, relativamente lógica dados el canibalismo y taifismo de la derecha en su última andadura-- se asocia en ello a un temperamento receloso, necesitado tal vez del secreto y el mando para afirmarse. Mas dejando tal extremo a los psicólogos y futuros biógrafos, dicho personalismo provoca que con toda justicia se le atribuyan, en buena parte, los errores y desaciertos de sus ministros. Tal talante, causa sin duda de algunos de los éxitos entrojados en una carrera política con larga experiencia del poder no obstante la juventud del líder conservador, ha provocado igualmente varios de los reveses que, en su crepúsculo monclovita, señalan con cuidado y esmero fuera y, h¨las , también dentro del PP. Su erróneo o, cuando menos, discutible planteamiento de asegurar su presencia en la historia a través de una granítica postura cara a los nacionalismos "periféricos" y, en la esfera internacional, de vincularse sin reservas al "Imperio", no tiene seguramente otra inspiración y explicación que la susomentada. No es, quizá, descartable por entero que la errática deriva de la fase final de la presidencia aznarista, al coincidir con el cambio radical del dosificado gradualismo de una oposición titubeante frente a un camino ya recorrido sin demasiado resultados aparentes, produjese en el líder conservador una acentuación de su autismo y proclividades autoritarias. Todo lo sopesará y aclarará --confiemos en que así ocurra-- la historia. Aun sin la distancia requerida para un adecuado enfoque, no tardarán en aparecer demandados por las exigencias de la industria editorial y su boyante negocio de los libros de "historia del presente" ensayos y biografías del personaje, en cuyas páginas se hará balance o se dictará sentencia de sus hechos y actuaciones.

En modo alguno, estas líneas aspiran a adelantar su labor. Mas, como ya dijera del quindecenio socialista --1982/1996--, sería distorsionador enjuiciar la época aznarista con peralte injustificado de los meses que la clausuraron. La vida individual y colectiva ha de valorarse y entenderse de manera global. No será sorprendente que los tratados de historia de adentrado el siglo actual consideren la etapa mencionada como la de la consolidación y acrecentamiento, en diversos niveles de la actividad material, del espectacular avance económico y social desplegado bajo la égida socialista. Y es lógico que el hombre que la encabezara recibiese un juicio positivo en un tribunal como el de Clío atento sólo a las tendencias generales y a las corrientes de curso dilatado. Los acontecimientos más percutientes a los ojos de los protagonistas de los diversos tramos del itinerario de un país, sus avatares más ruidosos, sus lances más pintorescos, sus peripecias más salientes no se registran en los anales de la avisada y sabia musa. "Así se escribe la historia", suelen escandalizarse las víctimas de la deturpación o manipulación del pasado, sin tribunal supremo al que reclamar. Con todo, hay que resignarse a que sea el de Clío el único que, a falta de impartir la justicia inmanente, conceda muchas veces a pueblos e individuos la trascedente. Así al menos pensaron siempre los más experimentados y sagaces de los hombres.