Toda la vida ha querido ser una buena chica, y por eso se afanó en responder con creces a lo que unos y otros esperaban de ella. Con una sola condición: que la factura a pagar no fuera la renuncia a sus principios más íntimos. Fue una hija cariñosa a la que aún hoy, tanto tiempo después, se le nublan los ojos al recordar su temprana orfandad. Fue una estudiante aplicada aunque rebelde --y si no que se lo digan a las monjas de Las Francesas-- y una comunista ejemplar que aportó al partido lozanía y espíritu abierto. Durante muchos años, primero de la mano del PCE y luego con IU, Rosa Aguilar ha pasado por casi todas las instituciones posibles y no precisamente desapercibida. Siempre enérgica, siempre sonriente.

La mujer que volverá a ocupar el sillón de la Alcaldía de Córdoba durante los próximos cuatro años ("El tiempo que estuve en Madrid se marchitó un poco la rosa", lanza en metáfora poética a quienes la ven ya mismo de vuelta en el Congreso), esta política de raza y sentimiento domina el dificilísimo arte de estar en muchos sitios a la vez haciendo innumerables cosas y lograr en quien la tiene delante el efecto de que eso y sólo eso, el estar contigo en ese momento, es lo que más le apetece hacer en este mundo. Un esfuerzo que sin duda tiene su recompensa.

Esta periodista, sin ir más lejos, le agradeció de corazón el día de nuestra cita, celebrada en la sala de visitas de la Alcaldía, la entrega que le puso al asunto. Sobre todo, porque eran las tres de la tarde y Rosa Aguilar había tenido una mañana de locura, rematada por una larga charla con otra periodista llegada desde Sevilla que debió de dejarla exhausta, faena que rematé yo acabándola de estrujar. Tanto le agradecí su simpatía, y ese aire de complicidad que sabe compartir con quien la escucha, que casi ni me importó la circunstancia de que su nuevo jefe de prensa se nos adosara durante toda la conversación, que es lo peor que le puede pasar a un entrevistador en busca del perfil personal del entrevistado.

Hasta hace poco habría traído frita al área de Protocolo. Suerte que ya se puede tener un cargo importante y ser soltera sin complejos, ¿no?

--Es que las mujeres estamos dándole una nueva dimensión a la política, donde nuestra sensibilidad se ha demostrado que era vitalmente necesaria. Donde más se ve es en la política municipal, que tiene rostro humano. El contacto directo con el ciudadano te permite ser más tú, más mujer. Las mujeres tendemos a querer unir, a la armonía, a la ternura.

¿Se considera tierna?

--Sí, otra cosa es que no se vea. Aunque hay momentos en que es difícil guardar las lágrimas. Dos de los días más horrorosos de mi vida fueron cuando llegué de México al entierro de Félix (se refiere a Félix Ortega, concejal de Educación y amigo personal), y cuando murió Julio Anguita Parrado. Pero también hay momentos en que hay que apretarse dentro, porque lo que te toca es empujar a los demás.

¿No echa de menos una pareja aunque sólo sea como acompañante en las cenas oficiales?

--Para eso es justamente para lo que no echo de menos una pareja. En mi vida juegan un papel muy importante mis amigos y mis amigas, que son mi gran familia, y en otros momentos la soledad querida. Y luego --sonríe misteriosa-- siempre hay alguien que te ronda el corazón.

Ha habido políticas de la derecha --y políticos-- que se han visto poco menos que obligados por su partido a casarse tras ocupar un cargo institucional. ¿A usted no ha querido nadie buscarle novio?

--A mí me ha querido buscar novio mucha gente, pero los novios que he tenido, que han sido algunos, me los he buscado yo. Además en mi partido nunca me obligarían a casarme, entre otras cosas porque si lo intentaran perderían una militante. Afortunadamente hay otras alcaldesas, como la de Valencia, que no entraron por el aro de tener que casarse para ocupar el cargo. Lo importante es el trabajo, las maneras y no el estado civil. Faltaría más.

Lo cierto es que, a pesar de su intensa experiencia política anterior, el día que Rosa Aguilar empuñó por vez primera el bastón de mando de la ciudad se la veía como a una novia: blanca y radiante. "Es que en 1999 me casaba con mi ciudad, y ahora renuevo este matrimonio por amor--explica--. Fue un momento de alegría, pero no te ocultaré que había tristeza en mi corazón, porque me hubiera gustado compartir ese momento con mis padres". Esta vez, vestida de color marfil --como novia, Rosa ha salido muy clásica--, ha protagonizado otro tipo de ceremonia, más intensa. "Lo he saboreado más --admite--, fue una oportunidad para decir que tendremos cuatro años de diálogo, de acuerdos y de esfuerzo continuado".

Con lo que lucha por la igualdad de género, le enorgullecerá ser la primera alcaldesa que ha tenido Córdoba.

--Es una especial satisfacción y a la vez una especial responsabilidad. Como mujer no puedo defraudar, tengo que estar a la altura de Córdoba y de lo que las mujeres necesitamos y queremos. Tenemos que abrir las puertas a otras, y si fracasamos en el intento las puertas se cerrarán. Al hombre el valor se le supone; las mujeres tenemos que demostrarlo en todo lo que hacemos, y eso te crea una autoexigencia excesiva. Pero sólo eres un ser humano que tomas decisiones no siempre fáciles y que puedes equivocarte. Me gustaría que así lo entendieran los ciudadanos.

Las ciudadanas al menos parece que lo entienden. Todas las mujeres quieren abrazar a su alcaldesa. ¿Por qué será?

--Hay complicidad, hay química, hay lealtad. Yo lo entiendo como el gesto de cariño de decir: "Vamos para adelante". Es sentirnos las mujeres parte muy importante del proyecto de ciudad y poder caminar juntas con los hombres, para que nadie nos mire así como diciendo "¿Qué haces tú aquí?".

¿A usted la han mirado así?

--Algunas veces sí, por ejemplo cuando llegué a la Comisión de Secretos de Estado. Pero no sólo a mí sino a cualquier política; ha habido tiempos duros para todas. En el Congreso al principio lo pasé mal. Era la primera mujer portavoz de un grupo parlamentario y, mucho después, hubo otro portavoz que tuvo la valentía de decirme: "Reconozco que la niña ha superado la prueba, y además se lo he dicho a tu jefe de filas". En mi propio partido ha habido hombres que en su esquema competitivo no aceptaban que una mujer les pasara por delante. Yo nunca quise ser mujer florero ni mujer cuota.

¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de su primer mandato como alcaldesa?

--Lo mejor la oportunidad de trabajar por Córdoba. Lo peor, algunas deslealtades que me han dolido.

Dicen que es muy exigente con su equipo. ¿Es cierto?

--Soy muy exigente conmigo misma y con los demás, y es verdad que a veces se interpreta como mal genio. Siempre creo que podría haberlo hecho mejor, y sé que eso es un defecto. Pero nunca trato mal a la gente; desde la oposición se han contado historias falsas.

¿Ha tenido que tragar muchos sapos por culpa del cogobierno con el PSOE?

--Si te digo que no me he tragado ninguno miento, y yo nunca lo hago. Pero no me he tragado ningún sapo que atentara contra principios que considero fundamentales como la ética. Antes me hubiera ido.

Tampoco va a ser fácil gobernar ahora en mayoría simple.

--No es fácil, pero es lo que hay