Juliana tenía siete años cuando alguien se llevó a su padre. Siete años que apenas alcanzaban para entender la ausencia, el significado de la orfandad, las penurias, el llanto, la soledad. Siete años que no daban para saber de política, de guerras fratricidas e inciviles, de odios y de intolerancia. La carta que el malogrado barbero envió a su familia sólo sirvió para confirmar la contundente desgracia y desterrar para siempre cualquier atisbo de esperanza: le habían detenido por ser socialista y había sido condenado a muerte. Corría el año 37, duros tiempos y funestos sucesos que marcaron a sangre y fuego la infancia, la juventud y toda la vida de Juliana. Pero hasta aquí la historia de esta ruteña no se diferencia de la de muchas otras familias españolas que vieron impotentes cómo el dolor y la fatiga se instalaban sin remedio en sus hogares. Lo que destaca a nuestra protagonista es que su temprana edad no fue impedimento para fijarse un objetivo vital que ha conseguido cumplir después de 65 años: demostrar que su padre, aquel humilde barbero, fue ejecutado, que no abandonó a su familia, que unos asesinos vestidos de patriotismo lo juzgaron y lo declararon culpable de tener sus propias ideas, culpable de haber militado en un partido político, culpable de no haber saludado correctamente a tal o cual señorito, culpable de no ser sumiso, culpable de querer un futuro para sus hijos. La muerte fue el castigo para tamaños crímenes. Vicente Sánchez, el barbero, dejó este mundo como tantos otros hombres y mujeres de aquella época, frente a un pelotón de fusilamiento y sin el derecho siquiera a una tumba que recordara su paso por esta tierra y frente a la que sus familiares pudieran recordarlo y honrarlo.

Juliana ha cumplido recientemente 72 años. Los ha podido celebrar con la sentencia del juicio sumarísimo de su padre, remitida por fin por el Ministerio de Defensa y que testimonia con pelos y señales lo ocurrido. La hija del barbero ha conseguido echar por tierra las intenciones de los asesinos de su progenitor, ha logrado evitar que Vicente fuera eliminado de la historia, borrado de la memoria colectiva. Juliana tan sólo tenía siete años cuando se llevaron y mataron a su padre. Siete años que, no obstante, fueron suficientes para no olvidar y para autodeterminarse a rescatar y publicar su recuerdo.