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ASTRONOMÍA

Una única Tierra

Ningún otro planeta del sistema solar, ni siquiera Marte, es como el que habitamos. Estamos obligados a cuidarlo

 

La Tierra vista por el Apollo 17 en la última misión tripulada a la Luna. - NASA/APOLLO 17

Hace un par de semanas mi hijo, de seis años de edad, tuvo que hacer su primer ‘discurso’ delante de sus compañeros de clase. Es una práctica muy común en Australia y en el mundo anglosajón: desde muy jóvenes se les inculca la necesidad de poder presentar sus ideas respecto a un tema de forma breve y concisa en público. Mi hijo escogió el tema ¿Qué podemos hacer para cuidar el medio ambiente?, que desarrollamos de forma conjunta (obviamente, no se le puede pedir a un niño de seis años que haga de primeras algo así él solo) y ensayamos durante días. En su discurso mi hijo quiso hacer hincapié en las 3 Rs: «reducir, reusar y reciclar». Era evidente que en algún momento del curso habían hablado en clase de ello, y ciertamente más de una vez había vuelto del cole pidiendo «envases y cartones para reusarlos en juguetes o adornos». La conciencia ecológica y medioambiental está en nuestra sociedad. Es esperanzador ver a los jóvenes muy comprometidos por ello. Pero, ¿es suficiente?

Los temas mediambientales son ampliamente complejos y tocan aspectos sociales, económicos, políticos, científicos e incluso religiosos. La Cumbre Mundial del Clima que se ha celebrado en Madrid estas semanas evidencia la complicada interrelación de intereses que existe en el tema del cuidado de nuestro planeta, donde mucha gente cree que está comprometida pero que en realidad solo pone parches para limpiar su conciencia. Ahora, en vísperas de Navidad, tenemos otro ejemplo de estas contradicciones.

La Navidad ha sido siempre mi época favorita del año. De niño vivía ilusionado esperando los regalos de los Reyes Magos. Siempre era una gran fiesta en nuestra casa, con montones de papeles y cajas que hay que desenvolver. A pesar de vivir en otro continente, con una cultura ligeramente distinta, intento mantener esta tradición y la ilusión de la Navidad por mi hijo, como tanta gente seguro que hace. Pero este año la confluencia de muchos factores (la Cumbre Mundial del Clima, el auge de los negacionistas del cambio climático, los desastrosos incendios que están azotando Australia y que hicieron que este martes Sídney fuese la ciudad más contaminada del mundo, mi indignación por otros factores medioambientales que no se toman en serio, y el discurso de mi hijo) me han hecho replantearme todo. ¿Cuánta basura generamos en unos pocos días? ¿Hacia dónde nos está llevando esta sociedad de consumo?

En efecto, hoy día la Navidad se ha convertido en una época de despilfarro. Hay que comprar cosas ‘sí o sí’, adornar casas y ciudades de forma frenética, asistir a grandes banquetes en pocos días. Lo que antes era un período corto de una o dos semanas ahora se ha extendido más de dos meses. Los centros comerciales se adornan antes de la Fiesta de Todos los Santos (Halloween). Y se ha hecho cotidiano a nivel mundial el Black Friday (Viernes Negro) para comprar por internet muchas cosas que en realidad no nos hacen falta (y que luego se entregarán en casa por unos trabajadores normalmente en condiciones precarias y con una gran cantidad de papel y cartón). Aquí entraría la primera ‘R’ que señalaba mi hijo: hay que reducir la ingente cantidad de basura que creamos.

Eso sí, desde hace ya años yo y muchos científicos llevamos señalando en estas fechas que también se está haciendo un despilfarro enorme de recursos (de dinero) en iluminación navideña. La contaminación lumínica no hace más que crecer y, auspiciada por el auge de las luminarias de tipo LED, se instalan cada vez más luces navideñas en nuestras ciudades. Yo soy el primero que disfruta de un bonito alumbrado en época festivas y sé que atrae a la gente a las calles para las compras navideñas, ¿pero no nos estamos pasando un poco? Estos meses hemos visto a alcaldes de ciudades españolas presumir de «mi alumbrado navideño es el mejor», las instalaciones se empezaron a colocar en septiembre, con millones de luces LED por todos lados. Se ha estimado que alrededor del 10% de la factura anual de electricidad de una ciudad grande se está yendo en iluminación navideña. Aparte del uso más correcto que se le podría dar a ese dinero esto significa una gran contribución de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Y es más: los estudios científicos están demostrando que el alumbrado LED (que están sustituyendo a la luces de sodio de baja presión, las más efectivas energéticamente y las que menos contaminan) está impactando sustancialmente a la fauna, la flora y a nosotros mismos. Se están detectando incrementos de cánceres en lugares con iluminación excesiva. La luz azul (la dominante en la mayoría de las lámparas LEDs que se están instalando en las ciudades de todo el mundo) inhibe la creación de la melatonina, que es la hormona que controla el sueño y el ritmo circadiano. La contaminación lumínica es otro gran problema medioambiental, quizá no conocido tanto como otros tipos de contaminación, pero que también debe tenerse en cuenta y mitigarse con normativas adecuadas. Por cierto, la Red Española de Estudios de la Contaminación Lumínica ha solicitado este mes la total paralización y reconducción del Real Decreto en el que se aprueba el Reglamento de eficiencia energética de instalaciones de alumbrado exterior por contener errores garrafales y la completa ausencia de criterios científicos en su elaboración.

Como científico no creo en el cambio climático. No creo en ello porque el verbo creer significa «tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado» (definición de la RAE). Como científico que ha leído y contrastado las observaciones y los estudios que se han hecho sobre el efecto de la emisión de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre por la quema de combustibles fósiles en actividades humanas durante los últimos 200 años, tengo el absoluto conocimiento de que el cambio climático es real. Los científicos lo llevamos avisando décadas, y tenemos claramente conocido que el calentamiento global no se debe a factores externos, como el cambio del brillo del Sol, la órbita de la Tierra, o incluso el movimiento del Sol alrededor de la Vía Láctea. El calentamiento global y sus consecuencias, el cambio climático, es, sin duda alguna, producto de la actividad humana.

Nuestro modelo de sociedad no es sostenible medioambientalmente. Los intereses cruzados y nuestros propios hábitos cotidianos hacen que sea extremadamente difícil solucionar los problemas medioambientales. Quizá primero todos tenemos que tomar conciencia. Durante la Cumbre Mundial del Clima se han propuesto cosas absurdas, como eliminar el emoticono de la botella de plástico, ideas interesantes como paradas de autobuses verdes, investigaciones de bacterias que consumen dióxido de carbono (el gas más común de efecto invernadero) o bolsas ecológicas, y visto imágenes contradictorias como esa gran manifestación multitudinaria de jóvenes con pancartas por un mundo verde y sostenible en un Madrid absolutamente desbordado de luces, y no sólo las navideñas. Pero la única forma de hacer frente de verdad al problema es cambiar el modelo energético. Hay que invertir de verdad en energías renovables (solar sobre todo) y también en energía nuclear (que está probado científicamente que es segura) y prescindir del carbón, del gas y del petróleo. Algunos políticos y gobiernos (Alemania, Nueva Zelanda) se están tomando en serio el cambio climático, proponiendo buenas medidas. Otros países como España están ahí ahí. Y algunos, incluyendo Estados Unidos y Australia, lo intentan ignorar.

No vamos a destruir la Tierra. El cambio climático nos afecta sobre todo a nosotros como civilización global, y no al planeta por sí. Ciertamente, estamos matando la enorme biodiversidad de la Tierra, pero nosotros, los seres humanos, seremos los más afectados, con centenares de millones, quizá miles de millones, de personas que tendrán que escapar de sus casas, convirtiéndose en refugiados en otras partes. Se sucederán las guerras, el agua será un producto de lujo, y nuestros descendientes nos mirarán sin creerse que tuvimos en nuestra mano parar esta locura y no hicimos nada. Existen muchos problemas importantes en el mundo y otros muchos que parecen serlo a nivel local aunque quizá no lo son. Pero, con total seguridad, el desafío más importante que la Humanidad tiene en la actualidad es parar, que ya no invertir, el calentamiento global. Solo la combinación del esfuerzo personal de todos cambiando nuestros hábitos de consumo exagerados y el esfuerzo institucional promoviendo fuertemente un cambio en el modelo energético podrá conseguir esto.

Concluyo con las mismas reflexiones que mi hijo dejó al final de su discurso. «Ningún otro planeta del Sistema Solar, ni siquiera Marte, y ninguno de los más de 4000 planetas que los astrónomos han descubierto alrededor de otras estrellas son como la Tierra. Tenemos que cuidar a nuestro planeta. Es la única Tierra que jamás conoceremos».

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