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UN PASEO EN BICICLETA / ALMERÍA 2013 (I)

Cabo de Gata

A veces uno comienza la ruta con muchas dudas. Aquel puente de diciembre debía estar en Lisboa, sin bici, y sin embargo lo pasé rodeando un faro frente al mar , un faro que me recordaba a un vestido de rayas

 

Hoja de contactos del carrete tomado en el viaje en bicicleta al Cabo de Gata, en diciembre del 2013. La última tira pertenece a un viaje al mismo lugar, seis meses antes, sin bici. - JOSÉ JUAN LUQUE

José Juan Luque José Juan Luque
17/02/2019

Tienes miedo de lo que viene?

Los dos estábamos solos, sin nadie a quien llamar, sin explicaciones, justo lo que queríamos. ¿O no era eso lo que queríamos?

No sé quién de los dos tenía más pena, si Pepe o yo. Eran punzadas diferentes. Cuando te abandonan el dolor es muy fuerte, pero tu única misión es el olvido. El dolor del que decide romper es más tormentoso porque en vez de olvidar, recuerda y duda.

Yo había dejado. A él le habían dejado hace ocho días.

Hicimos 130 kilómetros por el Cabo de Gata durante el puente de diciembre. Ese puente yo debía estar con una chica en Lisboa; le había regalado un billete por su cumpleaños. Salida: viernes 6 diciembre 2013, 18:05 horas.

No hubo avión.

Otro regalo perdido.

Hubo bici. Pronto reconocí algunos lugares que había visitado con ella seis meses antes. El supermercado en el que paramos a comprar una manzana y agua, las estanterías vacías, el hilo musical, el faro.

El faro y su vestido de rayas.

Su vestido azotado por el viento. Intento no mirarlo, pero el faro se ve desde todas partes. Y su vestido también.

Era la tercera vez que llegaba al Cabo de Gata. Del primer viaje hacía ya cuatro años. Estuve a punto de no ir porque el día de antes apareció la chica y pensé que podríamos empezar a salir. Hice bien en irme. No hay que dejar de hacer nada por nadie.

Sumerjo mi cuerpo en el agua.

Estaba donde quería, haciendo lo que quería y, sin embargo, notaba cierto hueco. No dejaba de comparar. Retrocedía una y otra vez a mi viaje con ella. Ahora atardecía; hace seis meses amanecía. Me empeñé en situar los dos momentos juntos, obligándome a elegir entre uno y otro.

Cuando paseaba contigo por estos acantilados, entre San José y Los Escullos, pensaba en lo fascinante que sería recorrerlos en bicicleta.

Aquí está la bicicleta.

Brillante. Inmensa. Inerte.

Llegué a dudar si el viaje merecía la pena, si atravesar exactamente los mismos lugares que había cruzado contigo no era una losa demasiado pesada. Me empecé a preguntar por qué tanto machaque, por qué tantos latigazos.

Empecé a pedalear con un gran hueco.

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