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HISTORIA

Autor dramático y poeta

Grandes personajes de la España del siglo XX (41) Pablo Picasso (8)

 

De izquierda a derecha: Lacan, Éluard, Reverdy, Leiris, Picasso, Hugo, Campan, De Beauvoir y Brassaï; y abajo, Sartre, Camus, Leiris y Aubier. - BRASSAÏ

Julio Merino Julio Merino
18/02/2018

Grande es Dios en el Sinaí el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!...»».

Estas palabras de Castelar, las más bellas, bellísimas, que se pronunciaron jamás en el Parlamento español (1869) me sirven para recordar que si hubo un Picasso pintor grande, grandísimo, casi divino, hubo otro más humilde, más sincero y menos divino que fue el Picasso escritor. Aunque curiosamente así se vio él mismo cuando en 1934 le preguntó un día José Antonio Primo de Rivera en San Sebastián cómo le gustaría pasar al Diccionario de personajes célebres, porque entonces sin dudarlo le respondió: «Pablo Ruiz Picasso, poeta y autor dramático. Se conservan de él algunas pinturas». Poco después escribiría su primer poema: «Si yo fuera afuera las fieras vendrían a comer en mis manos y mi cuarto aparecería sino fuera de mi otros sueldos irían alrededor del mundo…» (1935). A partir de ese momento Picasso escribió más de 200 poemas, dos obras de teatro y miles de cartas (las primeras de éstas están fechadas en junio de 1931 cuando recibió en París la noticia de la quema de iglesias y de conventos de su Málaga natal. «Están locos -le escribe a su amigo Sabartés- si eso es la República, apaga y vámonos»).

Comencemos con el teatro. En 1941, cuando ya París está tomada por los nazis, no tiene más remedio que encerrarse por el miedo y el terror que siembra la Gestapo entre los intelectuales que no han huido y se han quedado en la capital parisina. Son unos años difíciles y llega un momento que Picasso vuelve a ser pobre, tan pobre que apenas si puede comprar las telas para seguir pintando y para no ahogar su imaginación salvaje se refugia en la pluma y en el papel. Así, en estas condiciones, escribió El deseo cogido por el rabo, una obra que los críticos consideraron «surrealista, esperpéntica, esquizofrénica» e «ininteligible», en la que los personajes no son seres humanos, son «el gran pie», «el cebolla», «la tarta», «el silencio», «el hambre», «el soñador» ... Pero, tras esa pantalla surrealista hay un canto a la libertad, una crítica feroz a la violencia y una defensa a ultranza del sexo como motor de la vida. Esta obra pasaría a la Historia, más que por su contenido, por la primera puesta en escena que tuvo. No se realizó en un teatro ni con actores profesionales (eso sería años después y en Londres), sino en una de las fiestas que organizaban los intelectuales perseguidos. Fue la noche del día 14 de enero de 1941 y en casa de Picasso y entre los intérpretes se encontraban Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Jean Cocteau y Dora Maar (una de sus mujeres) y el director Camus.

Seis años más tarde escribiría Las cuatro niñas (1947). Dicen que su madre le dijo un día: «Me dicen que escribes. Te creo capaz de cualquier cosa. Si un día me dijeran que has oficiado una misa, también me lo creería».

Sin embargo, donde Picasso se explaya y muestra mejor su faceta literaria es en la poesía. Sus poemas, en verso o en prosa, son fiel reflejo de su mente anárquica y rebelde, porque para él no hay gramática, no hay ortografía, no hay sintaxis, no hay normas poéticas que le frenen, escribe a impulsos y cada palabra es como un rayo, como un relámpago. Tal vez porque no había olvidado lo que su gran amigo Marx Jacob le había dicho: «No pintes nunca lo que salga de tu cabeza, pinta lo que salga de tu corazón». Esa norma fue la única que siguió en sus escritos. A continuación, un poema en verso y otro en prosa:

«Vi salir/ esta noche / del concierto / en la sala Gaveau / a la última / persona /y después me alejé por la misma calle y fui al estanco a / buscar cerillas».

«Espejo en tu marco de corcho- tirado al mar entre las olas - no ves sólo el relámpago -el cielo - y las nubes- con tu boca abierta dispuesta -a tragarse el sol- mas si un pájaro pasa - y por un instante vive en tu mirada - al instante se queda sin ojos - caídos al mar - ciego - y qué carcajadas - en ese preciso momento- brotan de las olas».

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