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Misterios / La Córdoba de leyenda

Un ánima enamorada

María Ponce de León no fue nunca más la misma mujer desde que trató con cruealdad a un desdichado que la cortejó

 

Judería de Córdoba, lugar donde se desarrolla la leyenda. - A.J. GONZÁLEZ

José Manuel Morales José Manuel Morales
16/02/2020

Afirma una antigua leyenda que allá por el siglo XV vivía en el barrio de La Catedral una aristócrata venida a menos llamada María Ponce de León. La señora tenía totalmente entregado a un caballero de la collación de San Lorenzo, que pese a su aspecto poco agraciado, poseía una gran hacienda y dinero suficiente para ofrecerle seguridad económica de por vida. Sin embargo, mientras él pensaba que doña María se convertiría en la esposa que siempre había deseado, ella se tomaba su cortejo como un divertido entretenimiento.

El noble la acompañaba todos los días a misa, paseaba junto a ella por los aledaños de la Mezquita-Catedral, mandaba regalos a su casa y, por las noches, tocaba bonitas sonatas bajo el balcón de su dormitorio. Tan cegado andaba de amor aquel pobre diablo que era el único incapaz de ver que la dama se recreaba en su servilismo, y aunque no quería nada con él, jugueteaba a brindarle falsas esperanzas sólo para mantenerlo en su regazo. Una mañana doña María salió de casa para acudir a su cita diaria con la eucaristía y notó extrañada que el caballero no se encontraba junto a su puerta. Al salir de la ceremonia tampoco lo vio en las inmediaciones de la Puerta del Perdón. Preguntó en los puestos del mercado, en la cantina y al cura de San Roque, pero nadie se había cruzado con él en las últimas horas. Aquel día ningún criado llamó a su puerta para dejarle regalos y, por la noche, tampoco se colaron por su ventana las románticas melodías a las que estaba acostumbrada.

Pasaron dos semanas. Catorce días sin la menor noticia de su pretendiente. De madrugada, María daba vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño, cuando un ruido de la calle llamó su atención. Pensando que podrían estar intentando robar se asomó al balcón y vio bajo el mismo, de espaldas, a un hombre vestido con una túnica blanca. Ella le llamó la atención desde la terraza, pero el individuo, que parecía estar hablando con su compinche en voz baja, no interrumpió su conversación. Entonces la señora se armó de valor y bajó para tratar de ahuyentar a los intrusos. El hombre de la túnica blanca continuaba de espaldas junto a la puerta de la vivienda, murmurando frases carentes de sentido: «¿Es ella? No, no es ella… no es posible que sea ella». Tras comprobar que hablaba solo, la mujer asió al hombre por el brazo y lo giró de un fuerte tirón. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir su rostro y reconocer que se trataba del desaparecido caballero con quien tanto tiempo coqueteó. Eso sí, con el cuerpo hinchado, la piel levemente azulada y la mirada perdida. La aristócrata, pensando que se trataba de una pantomima, montó en cólera y lo echó a empujones: «¡Pues no tiene otra cosa mejor que hacer el fulano este que venir disfrazado a mi casa y asustarme!», gritó con un vocerío que despertó a todos los vecinos.

Al día siguiente, los primeros rayos de sol vinieron acompañados de un sentido doble de cepa. Así se llamaba cuando doblaba la segunda campana de la torre de la Mezquita-Catedral, reservada únicamente para anunciar el fallecimiento de algún caballero muy principal de Córdoba. El sonoro tañer despertó la curiosidad de muchos por averiguar qué ilustre personaje había expirado, pero doña María estaba más preocupada por otros asuntos. Tras el desagradable incidente vivido tan sólo unas horas antes, se encontraba muy interesada en averiguar qué diantres estaba tramando aquel hombre, y no dudó en mandar a San Lorenzo a una de sus criadas para averiguarlo. Dos horas después, su sirvienta regresó con noticias que la dejaron tan perpleja como aterrorizada.

Le contó que se había acercado por la hacienda del caballero y que había visto mucha gente entrando y saliendo. Que iban vestidos de negro y las lágrimas empapaban sus mejillas. Eso no era todo. Luego se acercó a preguntar, y le dijeron que veinticuatro horas antes habían hallado el cuerpo del noble a orillas del Guadalquivir con claros síntomas de ahogamiento. Se había lanzado al río atado a una piedra por algún asunto que nunca reveló a su familia, pero que según sus seres queridos, llevaba semanas atormentándole. Ahora, tras toda la noche velando su cadáver, volvían de darle cristiana sepultura en el cementerio parroquial. La dama lo comprendió todo en un abrir y cerrar de ojos. Entendió cuán cruel había sido con aquel hombre, al que debería haberle aclarado desde el principio su falta de interés. Y también cayó en la cuenta de que quien la visitó por la noche no fue el caballero, sino su ánima desencarnada, vestida con la misma túnica con la que le estaban velando, en un intento desesperado de dar el último adiós a su amada. Se asegura en los Casos notables de la ciudad de Córdoba, donde quedó recogida hace siglos esta tradición, que María Ponce de León no volvió a ser la misma, y que por más misas que pagó en su memoria, nunca olvidó la crueldad con la que trató a ese pobre desdichado.

(*) El autor es escritor y director de ‘Rutas Misteriosas’. Puede seguir su trabajo en www.josemanuelmorales.net

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