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RELATOS DE VERANO

Hogueras (4) | Sexto piso

El pasillo era largo, lleno de muebles de madera oscura decorados con tapetes de ganchillo, y en las paredes había artículos del periódico enmarcados y un cuadro con unos perros

 

Hoguera (4) | Sexto piso. - CÓRDOBA

Natalia Cerezo
01/08/2020

Subí por las escaleras corriendo en dirección al grito. Era un grito de hombre, dolorido y furioso, sonó durante unos segundos mientras corría escaleras arriba y después paró de golpe y yo corrí aún más rápido. En el quinto piso las puertas estaban cerradas; allí no podía haber sido, había sonado demasiado claro para haber salido de detrás de una puerta cerrada. Subí un piso más y nada. Comencé a pensar que quizá me lo había imaginado, pero encontré una puerta abierta en el sexto, daba al interior de un piso con un pasillo oscuro como el interior de una barriga. Me detuve para encender la luz de las escaleras, que se había vuelto a apagar. Del interior del piso me llegaba un murmullo de voces y alguien quejándose. Ministro, que me había seguido, maulló en voz baja.

—¿Hola?

Una voz contestó, sonaba como un desagüe embozado, y entré. Encendí todas las luces. El pasillo era largo, estaba lleno de muebles de madera oscura decorados con tapetes de ganchillo, y en las paredes había artículos de periódico enmarcados y un cuadro con unos perros persiguiendo a un ciervo. En el comedor encontré a un abuelo tendido en el suelo, se agarraba a un andador intentando levantarse. Lo levanté por las axilas y lo ayudé a sentarse en una butaca.

—¿Se ha hecho daño? ¿Llamo a una ambulancia?

El abuelo negó con la cabeza y me pidió un vaso de agua. Fui a buscarlo a la cocina. En un rincón había un pequeño televisor encendido, el murmullo de voces que debía haber oído antes. Una mujer muy seria y vestida de militar decía que no había razones para preocuparse pero que, a causa de la situación actual, teníamos que ir al edificio público que nos quedase más cerca o, si no nos podíamos mover, quedarnos en casa.

Volví al comedor con el vaso de agua. El abuelo, sentado en la butaca, se agarraba a las patas del andador como si quisiera levantarse. Después de que bebiera, le pregunté qué había pasado. Se ha ido.

—Quería saber qué pasaba y me ha dicho que me espere, que volvería a por mí. Me ha entrado sed y cuando he intentado levantarme me he caído. No tengo bien las piernas. Ya me han operado dos veces la rodilla…

—¿No saben qué ha pasado?

—No. ¿Y tú, lo sabes?

Le dije que no y el abuelo suspiró. Él y su hija habían estado mirando la tele toda la tarde hasta que de golpe salió el aviso de la mujer con el uniforme en la pantalla. Miraron por la ventana y vieron que la gente echaba a correr, y todo se quedó en silencio tanto tiempo que daba miedo. Los teléfonos no funcionaban. Poco después su hija decidió marcharse para saber qué pasaba, y dejó la puerta abierta por si venían la policía o los bomberos o algún vecino. ¿No te la has encontrado, en la escalera?, me preguntó con voz esperanzada. Le dije que no. Puede que bajara durante el rato que estuve en las oficinas.

—He venido a ver a mi hermano. Vive en el ático.

—Debe de haberse marchado, como todo el mundo. Hace un momento incluso me ha llamado la portera. Estaba muy asustada y me ha dicho que se iba a casa.

Ministro le saltó al regazo y empezó a ronronear. El abuelo le acarició la cabeza.

—Más vale que te marches.

Más vale que te marches. Samuel y Xavier siempre me lo decían cuando estaban a punto de hacer alguna trastada. Se agachaban entre los contenedores de la acera de enfrente de casa con un montón de globos de agua y los tiraban contra los coches que pasaban con toda la fuerza que podían. Una vez un conductor se detuvo, se bajó del coche y los abofeteó. Lo vi todo desde el balcón. Creía que aquella manía suya de destruirlo todo era la misma que a mí me llevaba a hacerme cruces rojas en los muslos con una navaja que me había regalado Samuel por mi cumpleaños, por si te tienes que defender, me dijo.

—No quiero dejarlo aquí solo. ¿Y si vuelve a caerse?

—Volverá pronto, no te preocupes.

Le dejé un paquete de galletas que encontré en la cocina y una jarra de agua fría en una mesita que había al lado de la butaca y, para Ministro, un plato con la leche. El gato se había dormido en el regazo del abuelo, que me dio las gracias en voz baja para no despertarlo, y me preguntó si me importaba que se lo quedara. No es mío, le contesté, y mientras salía del piso y dejaba atrás el pasillo largo y el cuadro con los perros persiguiendo al ciervo me sentí un poco más sola que antes. H

Mañana, capítulo 5: ‘Noveno piso’