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MADRID / FERIA DE OTOÑO

Despedida de héroe para El Cid

 

Ginés Marín en un muletazo al toro de Fuente Ymbro. - EFE / MARISCAL

El Cid sale a hombros de la plaza de Las Ventas en su corrida de despedida en Madrid, ayer. - EFE / MARISCAL

Javier López (Efe)
05/10/2019

Ganado: cinco toros de Fuente Ymbro, de buena presentación, descastados, blandos y sin clase. El segundo fue un sobrero de Manuel Blázquez, en la línea de los titulares.

Manuel Jesús 'El Cid': casi entera atravesada (silencio); gran estocada (vuelta al ruedo).

Emilio de Justo: dos pinchazos, y estocada perpendicular y atravesada (palmas tras aviso); estocada caída y dos descabellos (ovación).

Ginés Marín: dos pinchazos, media tendida y atravesada (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

Una vuelta al ruedo dio ayer Manuel Jesús El Cid en su última tarde en Las Ventas, en una función marcada por el tremendo cariño que le profesó una afición que le ha querido como a pocos, y también por la ingratitud de una descastadísima corrida de Fuente Ymbro que no estuvo a la altura de la efeméride. Por dos veces le sacaron a saludar tras el paseíllo, mientras el 7 desplegaba una pancarta agradeciéndole lo mucho que ha dado este torero a la tauromaquia moderna, además de reconocerle como torero de Madrid, título por el que siempre se le recordará en una plaza en la que ha protagonizado grandes tardes de toros. Muchas más que las dos únicas salidas a hombros que posee en su palmarés.

Pero, ya está dicho, la corrida no ayudó a que El Cid pudiera cumplir su sueño de despedirse como a él le hubiese gustado, y como toda su legión de partidarios hubieran deseado. Su primero fue un toro sin raza alguna, que, precisamente por eso, tendió a defenderse por el derecho y a desplazarse sin ninguna gracia por el izquierdo, pitón por el que el sevillano basó una faena que no pudo pasar de aseada.

Todas las esperanzas estaban depositadas en el cuarto, un toro serio y con mucha leña, al que, sin embargo, le faltó fuerza para tirar hacia adelante. No se merecía El Cid que su último toro en Madrid no le brindara la más mínima opción. Y, lo que son las cosas, la espada, la misma que le ha cerrado tantas puertas grandes a lo largo de su carrera, esta vez la manejó de forma soberbia: un espadazo que hizo rodar al toro sin puntilla en cuestión de segundos, lo que animó a algunos a pedirle una oreja que el palco, evidentemente, no concedió. Pero la calurosa ovación, y la aclamada vuelta al ruedo que dio queda ya para la historia. Como también se recordara cómo la afición se tiró al ruedo al finalizar la tarde para izarlo a hombros y recorrer así por última vez el anillo de su plaza de Madrid, la misma de la que un día salió relanzado y dio forma a una trayectoria honesta como pocas.

El primero de Emilio de Justo salió totalmente descordado de los corrales y fue reemplazado por un sobrero de Manuel Blázquez al que le faltó entrega y, sobre todo, clase. Pero el extremeño le cogió muy bien la media altura por el derecho, por donde le sopló un par de tandas de buen aire pero irremediablemente cortas en cuanto a número de muletazos. Eso hizo que la faena, salpicada con algunos detalles de exquisita torería, no tomara el vuelo deseado; también porque por el izquierdo no pudo redondear nada más que tres naturales de frente en el epílogo, ya que por ahí el animal fue todavía mas desabrido, sin acabar de pasar y con la cara siempre natural.

El quinto fue un tanque de 647 kilos, que, como no podía ser de otra forma, se paró enseguida. De Justo volvió a estar por encima de las circunstancias, primero al aprovechar con aplomo las inercias de las dos únicas series que duró el manso, y después al solventar con firmeza el tramo final de faena en la distancia corta.

Ginés Marín quedó inédito con un tercero sin clase ni raza, con el que lo intentó pero sin conseguir prácticamente nada. Y con el sexto nada más se le pudo apuntar el jacarandoso saludo capotero, pues, muleta en mano, el jerezano volvió a estrellarse con otro animal de nulas opciones, éste por su manifiesta escasez de fuerzas.