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LUTO EN LAS LETRAS / ADIÓS AL POETA DE CÁNTICO

Académico de honor

 

JOSÉ COSANO MOYANO
16/01/2018

Pablo García Baena fue nombrado Académico de Honor de la Real Academia de Córdoba el 2 de diciembre de 1992, siendo director Ángel Aroca Lara, el cual escribía entonces, en respuesta al discurso del poeta, titulado «Poética de la creación»: «Esta Academia nuestra, que nació con vocación literaria, que alineó entre los suyos romántico Duque y defendió con ansia la memoria de Góngora cuando muchos le tachaban de vergüenza del idioma, se ha honrado recibiendo como Académico de honor a Pablo García Baena». La actual corporación mantiene el gozo y el aprecio que expresan las palabras citadas, a lo que se une ahora en todos nosotros el sentimiento de pesar, de profunda tristeza, por la desaparición de uno de nuestros miembros más cualificados, uno de los grandes poetas de nuestro tiempo, un cordobés universal. Su asistencia a las actividades que promueve esta docta casa, sobre todo a las celebraciones del Día de Góngora, así como su presencia en el boletín, fueron relativamente frecuentes, ya exaltando la figura de Mario López, cuando fue nombrado Hijo Predilecto de Bujalance, el día 9 de junio de 1985, o mediante la inclusión de algunos de sus hermosos poemas, como comprobamos en el tríptico titulado «El campo, la corte, el rincón nativo (Homenaje a don Luis de Góngora)», que fueron leídos por el propio autor el Día de Góngora de 1993. He aquí algunos de los versos de la última parte de la composición: «Hermosa sí lo eras pero ruin y turbia./Y te invoqué de lejos cuando me preguntaron,/llorándote perdida y te rogué, sumiso/amante que ya teme leteos de la noche,/y espera el abandono y es el ascua del celo/como garra de cólera, adunco sacre torvo/que el corazón rasgara goteante en balajes». Su desaparición nos llena de dolor, pero en cierta medida nos consuela el recuerdo de su cariñosa presencia, así como el valioso legado poético y cultural, convertido ya en una de las grandes figuras de la Córdoba de nuestra época. Como escribía otro grande de nuestra poesía, recuerdo el último verso lorquiano de la doliente elegía: «Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!».

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