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CRISIS SANITARIA INTERNACIONAL

El secreto de China para atajar la epidemia de coronavirus

El gigante asiático está ahora abriendo instalaciones turísticas y recuperando su economía. La cuarentena que en enero impuso a 60 millones de ciudadanos le pareció a Occidente autoritaria

 

Pero a pesar de este repunte, los contagiados activos en el país asiático ya están por debajo del listón de los 5.000. - REUTERS

Adrián Foncillas
26/03/2020

Cuando varios vendedores de un mercado de abastos de Wuhan enfermaron por una extraña neumonía en diciembre, China se adentró en territorio inexplorado. La errática respuesta de las ineptas autoridades locales fue corregida pronto por Pekín. En enero impuso una elefantiásica cuarentena sobre 60 millones de habitantes que fue desdeñada en Occidente como la ineficaz arma de un estado autoritario. Ahora, cuando un mundo aterrorizado aplica su receta, China reabre instalaciones turísticas y recupera su actividad económica. Es sintomático que, con la epidemia erradicada de su territorio, solo le inquieten las infecciones importadas. Y es deprimente que el mundo desatendiera las advertencias de Pekín o malgastara los dos meses que le compró con medidas rotundas que ralentizaron el contagio global.

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El relato exculpatorio asume que las dictaduras cuentan con ventaja. Pocos países, ciertamente, pueden levantar hospitales en una semana o enviar a miles de médicos de otras provincias hacia las zonas más afectadas. La dicotomía entre dictadura y democracia, sin embargo, no resiste un examen global: en Asia han embridado el coronavirus con parecida eficacia China o Vietnam, en un bando, y Corea del Sur o Taiwán, en el otro.

LA RAÍZ CONFUCIANA

Son gobiernos diligentes y eficaces que se habían esforzado en la prevención tras las traumáticas experiencias del SARS o el MERS. Y, aún más relevante, cuentan con sociedades de raíz confuciana, disciplinadas y solidarias, que priorizan el bien común sobre las libertades individuales. La cuarentena sobre los 60 millones de habitantes de Hubei fue obligatoria: sin paseos caninos, sin trabajo que exigiera desplazamientos, sin salidas al supermercado porque el mensajero o el comité vecinal llevaba la comida hasta la puerta. Pero ninguna normativa impedía pisar la calle en el resto del país y el encierro en Shanghái o Pekín no fue menos estricto. Era la certeza de que la salud del grupo sobrevuela los sacrificios personales la que los confinaba en casa.

China también contó a su favor con un sistema de vigilancia que linda con la distopía 'orwelliana': millones de cámaras, tecnología con reconocimiento facial, localizaciones de compañías telefónicas, cruce de registros entre ministerios Una aplicación de móvil clasifica a cada ciudadano en verde, amarillo o rojo en función del riesgo de infección. Pero Corea del Sur, ensalzada estos días como la saludable alternativa democrática, también fiscaliza los movimientos de los contagiados y publica sus nombres, dirección y rutas recientes. Es difícil vencer una epidemia sin la identificación y seguimiento que permite el 'big data'.

China ha transitado en apenas dos meses de zona cero a refugio. Hacia los países más arrasados traslada material médico y doctores con acreditada eficacia contra el coronavirus. Los llegados hasta Italia se escandalizaron tras comprobar el trasiego en las calles y aleccionaron a las autoridades: el confinamiento es total o no es confinamiento. Y su cumplimiento depende menos del gobierno que de la sociedad.

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