+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario Córdoba:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

Colectivos vulnerables abandonados

Cuando no tienes ni luz

Dos madres solas y en paro relatan las dificultades que tienen para pagar la vivienda y los suministros básicos Mohamed, un joven senegalés, sobrevive en una chabola entre escombros

 

La Barcelona chabolista. 8 Mohamed, un joven senegalés que malvive en uno de los 500 asentamientos que hay en la ciudad. - JON MATEU

Elisenda Colell
14/02/2020

Es de noche, los niños cenan, pero no hay ninguna luz encendida. Solo el televisor. «En casa nos alumbramos con la tele, así ahorramos unos euros de luz». Una imagen que habla por mil palabras y que cuenta la historia de Ester, una mujer sola, madre de dos gemelos, que tras quedarse en paro hace más de cinco años ha «reducido los gastos al mínimo» para poder seguir pagando la hipoteca. «No podía permitirme que nos desalojaran», expone.

Recortar gastos también la ha llevado a dejar de usar la calefacción en casa. «Vamos siempre con mantas, y tengo suerte de que mis hijos son calurosos», dice con una sonrisa nerviosa. El termostato no funciona. ¿Ha pensado en arreglarlo? «¿Y cómo pago la hipoteca? Prefiero que esté estropeado, así nos ahorramos dinero», responde.

Paloma, en cambio, tras quedarse en paro, no pudo aguantar el precio de la vivienda y sí afrontó un desahucio. «Me subieron el alquiler, me quedé sin empleo y no tenía dinero para pagar». Recuerda la «agonía» de las órdenes judiciales. Una realidad que, en los últimos 13 años han tenido que afrontar más de 71.000 familias en España. «Tengo suerte de que, al ser madre sola, pude acceder a un piso de alquiler social y no nos quedamos en la calle», expone. Aunque la calefacción y la luz también son un «lujo» para ella. Incluso la comida. «A veces compramos salmón, pero normalmente mis hijos comen pescado gracias a las latas de conserva», relata.

Barrios deprimidos

Una vive en el Carmel; la otra, en Sant Martí. Ambas coincidieron en la reunión con el relator de la ONU para exponerle la situación en Cataluña. Ambas residen en dos de los barrios más deprimidos de Barcelona. Y ambas comparten otra realidad: la de ser madres solas. Este es, de hecho, uno de los colectivos que registra mayor tasa de pobreza en Cataluña.

«El problema es que no podemos aceptar muchos trabajos», explican. El motivo: ¿quién se hará cargo de los niños y quién los irá a buscar a la escuela? «Yo no tengo a nadie que me pueda ayudar y con una canguro nos arruinamos», relata Paloma. Ester ya no sueña en volver al mundo de los teleoperadores, pero es que no ha podido optar tampoco a cajera de supermercado. «Con ese horario era imposible», expone. Su lucha diaria es la de pagar las facturas de la luz, los libros de los niños, las extraescolares y los ‘casals’ de verano para que sus hijos tengan las mismas oportunidades que los demás.

Rafael, en cambio, no tuvo opción a mucho. Su drogadicción lo empujó a pasar 13 años viviendo a la intemperie en Barcelona. «Yo tendría que estar muerto, no sé cómo he aguantado tantos años», señala. Su hogar eran las calles, los párkings y, cuando tuvo suerte, las casas ocupas. «La gente que pincha la corriente se está jugando la vida», explica. Son ya demasiadas las viviendas del área metropolitana cuyo cuarto de contadores esconde pinzas de madera para conectar cables de la luz y así no tener que pagar la electricidad. Un riesgo latente que, de momento, ninguna administración sabe muy bien cómo abordar.

Otra realidad, bastante más insalubre, es la que viven más de 885 personas, de las cuales 200 son niños, en la Barcelona chabolista. Algunas pinchan la luz en las naves que ocupan. Otras no tienen ni eso. Es el caso de Mohamed, un joven senegalés que desde el pasado verano malvive en un asentamiento de la calle de Tànger, en el barrio del Poblenou. Allí no hay luz, no hay agua, pero hay vida. Una vida precaria, infame, llena de miseria y escombros. «No se lo deseo ni a mi peor enemigo», afirma. A la hora de cenar, no hay tiempo que perder. Coge la bicicleta y una reconocible mochila amarilla.

Temas relacionados