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ANIMAL BAJO SOSPECHA

Coronavirus: la venganza del pangolín

El único mamífero con escamas, señalado como posible transmisor del virus, es una especie diezmada por el tráfico ilegal

 

Una rara imagen diurna de un ejemplar de pangolín en libertad. - DAVID BROSSARD

Rafael Tapounet Rafael Tapounet
28/03/2020

Si al final se acaba demostrando que, como parece apuntar un nuevo estudio publicado en la revista 'Nature', el consumo de pangolín se halla en el origen de la pandemia del coronavirus, habrá que concluir que todo este desdichado asunto no es más que un caso de defensa propia. Los responsables de la citada investigación, liderada por dos virólogos chinos y uno australiano, han detectado virus genéticamente muy parecidos al SARS-CoV-2, que causa el covid-19, en varios pangolines malayos incautados en el 2017 en la región china de Guangxi. Y aunque el grado de similitud genética, que oscila entre el 85% y el 92%, no es suficiente para determinar que este mamífero con escamas de hábitos nocturnos es en efecto el responsable directo de la transmisión de la enfermedad a los humanos, sí permite sostener que el pangolín es un huésped intermedio, capaz de portar el virus sin verse él mismo afectado.

Defensa propia, decíamos. Víctima de un abusivo comercio ilegal que ha puesto a la especie en riesgo de extinción -algunos informes señalan que representa el 20% del total del tráfico clandestino de animales salvajes en el mundo-, el pangolín es muy codiciado tanto por sus escamas, utilizadas con profusión en la medicina tradicional china, como por su piel y por su carne, considerada un manjar exquisito en algunos países asiáticos y a la que, además, se le atribuyen propiedades benéficas, como estimular la lactancia o mejorar la circulación de la sangre.

Guisado a fuego lento

Un reportaje sobre el contrabando de animales publicado en el 2007 en el diario británico 'The Guardian' incluía el gráfico testimonio de un cocinero de Guangdong que explicaba cómo preparar un pangolín: "Los mantenemos vivos en jaulas hasta que el cliente hace la comanda. Entonces los golpeamos con un martillo para dejarlos inconscientes, les cortamos el cuello y los desangramos. Es una muerte lenta. Luego los hervimos para quitarles las escamas. Cortamos la carne en trozos pequeños y la utilizamos para hacer distintos platos, incluidas sopas y guisos a fuego lento. Habitualmente, los clientes se llevan después la sangre a casa".

En un trance parecido, antes del degollamiento y con la olla preparada, avistó el naturalista inglés David Attenborough su primer ejemplar de pangolín mientras rodaba un documental en el sudeste asiático. El científico y divulgador quedó prendado por su singularidad -"es uno de los animales más entrañables y amenazados que jamás he encontrado"- y no dudó en incluirlo, junto con el rinoceronte de Sumatra, la ranita de Darwin y el tití león negro, entre otros, en la lista de las 10 especies en peligro que salvaría de la extinción si dispusiera de un arca para hacerlo.

El rodillo acorazado

Es comprensible la fascinación de Attenborough. El pangolín es el único mamífero cubierto de escamas y uno de los pocos, junto con los humanos, los primates y los canguros, que practica el bipedismo, cosa que hace gracias al sustento que le brinda su potente cola. Su lengua, musculada y pegajosa, puede llegar a ser tan larga como todo su cuerpo y ello le permite asaltar los hormigueros y termiteros en busca de alimento. Su nombre procede de la palabra malaya 'penggulung', que significa 'rodillo', y hace alusión a la capacidad de enroscarse sobre sí mismo hasta formar una bola de escamas casi impenetrable para protegerse de los depredadores.

Este mecanismo de defensa poco puede hacer, sin embargo, frente al hombre; de hecho, dado su reducido tamaño (un pangolín mide entre 35 y 60 centímetros, en función de la subespecie a la que pertenece), la posición defensiva facilita su captura y su portabilidad. Y pese a las regulaciones más o menos recientes que proscriben en China la venta de productos de pangolín salvo en casos muy concretos asociados con su uso medicinal, el comercio que genera en Asia el llamado 'oso hormiguero con escamas' sigue desbocado.

Precios disparados

En enero del 2019, se intervino en el puerto de Hong Kong un carguero con nueve toneladas de escamas, que correspondían aproximadamente a unos 14.000 animales. Solo dos meses más tarde, la policía aduanera se incautaba en Malasia de 33 toneladas de carne de pangolín. Se calcula que en las últimas dos décadas, la población de pangolines malayos se ha reducido en un 80% y la de pangolines filipinos e indios, un 50%, mientras que el pangolín chino se da por prácticamente extinguido. Ello ha provocado un brutal incremento del precio de los ejemplares vivos: si en los años 90 el kilo costaba unos seis dólares, hoy se pagan más de 600.

Así pues, resulta tentador (aunque sea poco riguroso desde el punto de vista científico) pensar en el coronavirus como en el último escudo protector frente al hombre de este animal acorazado diseñado para la defensa. "Temeroso pero temible", escribió de él la excéntrica escritora estadounidense Marianne Moore en uno de sus más celebrados poemas, titulado justamente 'El pangolín'. "Esta casi alcachofa con cabeza, patas y estómago de piedra, / este ingeniero artista nocturno en miniatura es, / sí, la réplica de Leonardo da Vinci. / Animal inquietante y trabajador del que apenas hemos oído hablar".

Casi 85 años después de la publicación de estos versos, el mundo oye hablar del pangolín y empieza a aprender, de la peor manera, las funestas consecuencias que tiene cruzarse en el camino de este mamífero escamado, "modelo de exactitud a cuatro patas / hecho para moverse en el silencio".

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