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La razón manda

La venganza de Ubú

 

La venganza de Ubú -

Carmelo Casaño Carmelo Casaño
14/11/2017

Tarradellas, el sereno y experimentado Josep Tarradellas --más de tres décadas de exilio a sus espaldas--, primer Presidente honorable de la Generalitat catalana al llegar la democracia, tuvo, desde el primer momento, serias prevenciones hacia Jordi Pujol, parlamentario de CiU en las Cortes constituyentes. Enseguida acertó con la intuición de que el soberanista Pujol era un político pequeño, poco fiable en el orden financiero --empezaban a conocerse con sordina los desajustes de su Banca Catalana--, y, sobre todo, le parecía un personaje experto en tirar la piedra y esconder la mano. Un defecto muy españolista.

No se equivocaba Tarradellas. Tiempo después --1995--, el comediógrafo Albert Boadella, antifranquista desde los escenarios teatrales con su compañía Els Joglars, estrenó en Gerona una obra demoledora que, yendo más allá de la ficción, recogía y ampliaba las apreciaciones de Tarradellas sobre Pujol. Ubú President era un pequeño dictadorzuelo tercermundista, pletórico de soberbia y vanidad, al que trataban los psiquiatras, aunque él mismo fuese el único culpable de sus trastornos. Individuo de la calaña de los monarcas absolutistas que vivieron en el Antiguo Régimen -«el Estado soy yo»-, poseedor de una mala uva primordial que le impedía crecer. Todos vieron en Ubú el calco del muy honorable Pujol, político sinuoso que, para Boadella, estaba en las antípodas del ciudadano excelente, reconocido por la comunidad que, en lengua catalana, lo denominan homenot.

Desde que están en el primer plano de la actualidad los curiosos acontecimientos catalanes, comentaristas y politólogos tratan de averiguar las razones profundas de la situación, Hasta se ha insinuado que Putin era el impulsor del batiburrillo soberanista para desestabilizar a la Unión Europea. Nosotros nos hemos acordado de lo antedicho --las percepciones de Tarradellas y Boadella--, porque pertenecemos al grupo de los que tratan de explicar lo sucedido, atribuyendo el impulso decisivo del independentismo al despechado Jordi Pujol.

Es cierto que en Cataluña siempre existió el sentimiento nacionalista que se ha exacerbado con una propaganda escolar llena de falsedades históricas y una malvada explicación de los sufrimientos de la crisis atribuyéndolos al Estado español que los esquilma. Pero, en nuestra opinión, el diseño intelectual de los acontecimientos se debe, primordialmente, a Pujol. Éste se ha visto acorralado al pasar a un primer plano las mordidas del 3% que practicó en beneficio de su partido y de él mismo; las cuentas andorranas de las que nadie cree la patraña de que son una herencia paterna que se le olvidó declarar al fisco; los numerosas corrupciones de su familia numerosa, presidida por una matriarca de abrigo, alguno de cuyos hijos ya está aposentado en Soto del Real.

Nosotros --insisto-- mantenemos que en la médula de los kafkianos sucesos se encuentra el viejo Pujol el cual, ya sin brizna de prestigio, ha decidido tirar por la calle de en medio y después de perdidos, al río. La apreciación la basamos en el convencimiento de que los odios solapados suelen engendrar locuras inverosímiles. El ex honorable ha impulsado, desde detrás de las bambalinas, a su fiel lugarteniente Artur Mas que, cuando se le acabó la cuerda, recurrió, para continuar la aventura, al pelele Puigdemont, que en los últimos días está sacando los pies del plato, pero que se ha comportado, en Barcelona y en Bruselas, como una marioneta tan mentirosa como arrogante.

Dicho odio vengativo de Ubú-Pujol, explica cosas que resultan de muy difícil entendimiento. Verbigracia: la destrucción de CiU, su propio partido; la alianza con unos demagogos extremistas que tienen más de ácratas antisistema que de soberanistas de pura cepa; la fractura social que tardará décadas en restañarse; las huídas empresariales; la repercusión en Cataluña del descenso previsto del PIB español en 2,5 puntos; y, fundamentalmente, la dilapidación de un prestigio nacional e internacional que alcanzó carácter de modelo con la organización de los Juegos Olímpicos del 92.

Pueden existir otras muchas explicaciones. La nuestra, tratando de encontrar la racionalidad perdida, ve, en bastantes detalles de lo acontecido, la venganza de Ubú President.

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