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Al contrataque

Vacaciones irreales

 

Majestad:

Mi familia y yo queremos trasladarle nuestro deseo de una pronta recuperación tras el frustrado regicidio orquestado con motivo de su visita a Córdoba y Sevilla. Antes, el fin de un reinado lo determinaba la defunción o la abdicación. Ahora, desde su paseo por las calles de nuestra ciudad a más de cuarenta grados a la sombra, también es posible el cambio de régimen por insolación.

Señor, ¿quién le organiza las vacaciones? ¿Mateo Morral o Pablo Iglesias? Entre los regios veraneos de sus augustos antepasados y la tournée que este año le han montado sus enemigos, quizá haya un término medio. Cuídese de los cantos de sirena republicana que le invitan a modernizar la monarquía, pues se empieza tomando jamón en Canarias y el fresco del junio andaluz, y se acaba de camping en el exilio. Me temo que si por el Gobierno fuera, el mes de agosto lo pasaba Su Majestad jugando a las palas en una playa de Los Boliches. Disculpará el atrevimiento de mi sugerencia, pero no debe abdicar del boato propio de la jefatura que ostenta. Ya lo hizo antes la Iglesia Católica, y no parece que haya dado resultado. Nadie en su sano juicio espera pedirle la vez en la cola del supermercado, al igual que no confiamos ver a Pedro Sánchez en un medio de transporte distinto al Falcón, o a Irene Montero en un piso de tres dormitorios y dos cuartos de baño. Los arrebatos demagógicos no traen nada bueno, y ahí tiene el ejemplo del rey emérito, que no levanta cabeza desde que, a sus ochenta años, le obligaron a pedir un televisado perdón por irse de picos pardos. Ni que se hubiera gastado el dinero de los parados andaluces en un prostíbulo.

Pese a lo dicho, si finalmente el futuro de la monarquía requiere su transformación en una institución plebeya, hay algunas cosas que deben cambiar. La mimetización con el entorno patrio pasa por corregir sutilmente a S.M. la reina Doña Letizia (antes deberá armarse de mucho valor), porque en la España real las esposas no conminan a sus maridos a acodarse en las barras de los bares, por mucho que también sean -con permiso de la directora del Instituto de la Mujer- las reinas de su casa. El «apóyate en la barra» (y su bis) solo sirve para que mi beodo amigo Valentín «el anarquista» rinda ahora pleitesía a la figura de la reina consorte. Asimismo, un español que se precie, a diferencia de Doña Letizia, no hace ascos al jamón - el verdadero mejor amigo del hombre-, y nunca acompaña una caña con una tapita de tofu.

No obstante, cuídese, Señor, de disfrutar en exceso de los placeres mundanos o acabará como su padre, a quien de tanto jugar con dos barajas, unos llaman el as de oros y otros el rey de copas.

Entiendo, Majestad, que tras las incomodidades sufridas durante esta breve escapada veraniega prefiera parecerse al resto de los españoles, especialmente cuando, según el CIS, más de la mitad no se irán de vacaciones este año.

* Abogado

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