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La UE que nos podemos permitir

 

La UE que nos podemos permitir -

José Nevado José Nevado
07/07/2019

Los grandes medios de comunicación europeos han recibido a los nuevos mandatarios comunitarios, así como a la nueva presidenta del BCE, Christine Lagarde, de manera tibia y, en general, crítica. Gran parte de ellos recalcaron que no dan la talla; que el cargo les viene largo o a desmano; saben poco de la tarea encomendada o tienen nula experiencia en la gestión de la materia que están llamados a dirigir. También insisten en qué países ganan y cuales pierden en la elección; qué grupo político destaca y que estrella política (Timmermans) se apagó en la negociación más larga.

Me pregunto qué esperaban los grandes periódicos y sus más finos analistas de la ocasión. Hace bastantes años que vienen menguando las grandes figuras políticas tipo Kohl o Delors; que el ideal europeo se enfría y se trastoca; que los nuevos socios del Este, junto al desolador populismo general, desgarran el proyecto europeo de integración progresiva en marcha.

Nunca ha tenido Bruselas tantos adversarios externos e internos como en los últimos años. De fuera, su principal torpedero es el incendiario Trump, y en el interior se dan la mano el autoritarismo y la xenofobia de la derecha europea. Además, se va el Reino Unido de la unión; Italia amenaza con fechorías propias, y el grupo de Visegrado es una rémora que cada mes crece más arrobas.

En realidad, la única luz en los últimos años ha sido Draghi, que nos salvó del austericidio teutónico. También, y parece una paradoja, habrá que colocar en el haber de los buenos el milagro de que los alemanes aún no hayan amortizado a Merkel; que la Francia de Macron continúe manteniendo con firmeza la vocación europea y que España haya escapado de la vacilación y el inmovilismo de Mariano Rajoy.

Es teniendo en cuenta este escenario azul oscuro tirando a negro, y no en base a deseos y sueños, desde el que hay que analizar los nuevos nombramientos del póker de poder institucional comunitario alumbrado la última semana. Y así, deberíamos considerar los nombramientos como aceptables sobre todo porque las grandes naciones del continente, que no declinan del ideal europeo, se hacen cargo de la Unión en sus horas bajas. Que una alemana, Ursula von der Leyen, con independencia de su filiación política, presida la Comisión se debe tomar como una garantía, lo mismo que Lagarde, que no es un halcón, vaya a presidir el BCE.

Borrell es solvencia y personalidad. Un socialista español en esta competencia y en este momento de dificultad puede llevar la voz del ideal europeo (democracia y derechos humanos) con mejor son y credibilidad que cualquier otro.

Claro que el glamour de la circunstancia que se extiende como la hojarasca en la atmósfera de los grandes acontecimientos, ha tapado el enorme bofetón que las instituciones europeas han dado a Puigdemont, su corte de Maastricht y vasallos en la Generalitat de Cataluña. El de Gerona no entra en el Parlamento Europeo, ni se atreve a cruzar el Rin. Le ha molestado tanto el revés que ha declarado que no tiene nada que hacer con esta Europa.

Ahora Borrell, un español y un europeo por el mundo, habrá de encargarse también en sus horas de asueto de difundir que España no es una democracia deficiente, un país animado aún por las brasas del franquismo que no respeta la ley y los derechos humanos. Y es que tras los éxitos de los años noventa del pasado siglo, con el enorme despliegue de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, cuando el rey Juan Carlos, Felipe González y nuestras grandes empresas se abrían al mundo, pensamos que habíamos cambiado para siempre la imagen de España. Pero no fue así, la costra histórica española resultó ser demasiado dura como para ser arrancada en una sola década.

* Periodista

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