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La Térmica

 

La Térmica -

Miguel Ranchal Miguel Ranchal
07/07/2020

En el cine, como en cualquier otra expresión artística, las mixturas imposibles las carga el diablo. Pero de ese riesgo surgen algunas veces los trazos de la genialidad. Con el escalpelo de un cirujano, las distintas piezas de El Cazador, aquella película con la que Michael Cimino se llevó el máximo galardón en la ceremonia de los Óscar de 1979, darían para un batiburrillo imposible: las correrías de unos amigos en una feísima ciudad industrial de Pensilvania; el interminable metraje de una boda de ritual ortodoxo; el brutal giro de la guerra de Vietnam -la primera película que se enfrentó a ese psicoanálisis de los norteamericanos-, con la ruleta rusa de por medio; la expiación de todos los demonios interiores en la discutible belleza de la caza. Y para rizar el rizo, nada de country como banda sonora, sino la Cavatina de Stanley Myers, ese solo de guitarra que se ha alzado a los altares de la melancolía... Es obvia mi devoción por esa obra de Cimino.

En esos días en los que John Cazale, Cristopher Walken y Robert de Niro se pertrechaban, borrachos, de todos los indumentos de una montería, uno practicaba la añorada candidez de los fuegos de campamento. Puente Nuevo era un lametazo de la Vía Láctea, mucho antes de que Los Pedroches se convirtiese en una reserva Starlight. En las caminatas nocturnas te topabas con sapos antediluvianos, y salamandras que todavía le hacían la peineta al cambio climático. Coronando una loma, veías al otro lado del embalse los destellos azulinos de las luminarias de la Térmica, así como la eterna fumarola de la chimenea. Era el onírico sueño, en tantas hectáreas de cotos cerrados, de cambiar el turno con los obreros de Pensilvania.

Visité la Central Térmica hace un par de años. Resulta curioso que en ese tramo de la sierra cordobesa ya hay dos bienes de interés evocador reconocido. Justo en el desdoble de la carretera que conduce a ese bastión de nuestro erial energético, se levantaba el Gran Hotel de Santa Elisa, un paraje donde habría encajado el barman de El Resplandor. El poblado de la Térmica presentaba un abandono hemofílico, nada que ver con esa impronta de sueño americano que tenía marcada en los primeros surcos de mi memoria.

La crónica del final anunciado de la Central Térmica de Puente Nuevo estaba marcada desde hace mucho tiempo. Ya no había posibilidades de más prórrogas. He conocido magníficos profesionales de dicha planta, encargados de gestionar lo irremediable. El carbón tiznaba su pasado esplendor, pero ni económica ni ambientalmente era viable su continuidad. Hubo un tiempo en el que un japonés nos la quiso dar con queso, fabulando una piscifactoría en el agua caliente, igualico que otro fantasmón nipón que quería convertir Los Villares en Saint Andrews.

La viabilidad de la Térmica ya solo pertenecía al surrealismo, pues era más barato abastecerse del carbón brasileño o surafricano que de las últimas cotas abiertas del Guadiato. Era revertir el sueño bizarro de mantener una ópera en una ciudad amazónica, después de que el precio del caucho cayera por los suelos. Con Puente Nuevo, se finiquita todo el acervo del movimiento minero cordobés, ese que una vez fue tan fuerte que llegó a toserle al Bierzo o a las cuencas asturianas. Y aunque programado, ha tenido que ser en este puto 2020, que todo lo arrampla. Antes de reinventarse, no viene mal escuchar la Cavatina de El Cazador desde la presa de Puente Nuevo, en una de tantas noches en las que nos sigue ninguneando la Vía Láctea.

* Abogado

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