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IDEAS

La siesta del irlandés

"Me puse a ver en Netflix la última de Scorsese sin mucho entusiasmo"

 

Martin Scorsese, en octubre pasado en el Festival de Cine de Roma. - ETTORE FERRARI / EFE

Ramón de España Ramón de España
06/12/2019

Lo reconozco: me puse a ver en Netflix la última de Scorsese sin mucho entusiasmo. Los veredictos de amigos que habían visto El irlandés en cine no eran muy estimulantes. La cosa oscilaba entre un cansino dejà vu, los más positivos, y un ladrillo insufrible, los más críticos.

Hay que decir que la cosa empieza bien, con un largo y elegante 'ravelling que comienza en la puerta de una residencia de la tercera edad y termina en el careto senil de Robert de Niro, que está hablando solo. A partir de ahí, la cosa se tuerce, pues en esa película todos hablan por los codos y a veces tiene uno la impresión de que ha ido a visitar a su abuelo al geriátrico y se han apuntado sus amigotes para darle la brasa a conciencia al pobre nieto.

Perseveré durante cerca de una hora porque he venerado a Scorsese durante décadas, gracias a sus películas de juventud (Malas calles, Taxi driver) y de madurez (Uno de los nuestros, Casino), pero me acabé quedando frito en el sofá (la acción combinada de la estufa y medio Trankimazin es letal, amigos). Cuando me desperté (gracias a uno de los muchos berridos de Al Pacino), vi que aún me quedaban dos horas de cháchara a cargo de unos personajes que me la soplaban y las dejé para mejor ocasión, pues solo podía arrastrarme hasta la piltra, donde me quedé sopas de inmediato.

No pude sacar a pasear mi empatía porque el personaje de Robert de Niro no era más que un tarugo que se pone a matar gente porque se gana más dinero que conduciendo un camión de transporte de carne. Entendí perfectamente en su momento al taxista majareta o al gánster enamorado de una pelandusca de Las Vegas, pero no sé quién demonios es Frank Sheeran ni por qué hace lo que hace.

De Jimmy Hoffa (Pacino) estoy hasta las narices. Es uno de esos personajes que fascina a los americanos, pero que aquí nos da igual, francamente. Pasar tres horas y media en compañía de esos dos bocachanclas no es precisamente mi idea de la diversión. Por no hablar del rejuvenecimiento digital: yo quería ver al De Niro de Taxi driver y El Padrino, pero me encontré con un señor algo fondón con el pelo mal teñido y la cara muy rara que ni era De Niro ni dejaba de serlo.

En fin, a ver si me trago lo que me falta prescindiendo de la estufa y el medio Trankimazin. Es una cuestión de fe. Tengo que hacerlo. ¿O no?

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