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Por santa Cecilia

 

Manuel Fernández Manuel Fernández
22/11/2019

En esta soledad de invierno adelantado en mitad de Los Pedroches, donde la bienvenida lluvia aumenta el aislamiento, lo que mejor sonaría por estas calles ausentes de vecinos y cargadas de incomunicación y abandono oficial sería un concierto de Los Beatles, de Aliara, de Mozart o de Haendel, con santa Cecilia como espectadora, que para eso hoy es su santo. En definitiva es el arte lo que nos relaja y nos lleva a soportarnos entre nosotros: contemplar la catedral de Colonia, donde una tarde de verano la música de su órgano me elevó hasta sus cielos góticos; escuchar el Canon de Pachelbel en el Gran Teatro; sentir Serenata a la Mezquita de Ramón Medina en la voz del Centro Filarmónico de Córdoba en la iglesia de La Magdalena; oír gregoriano en cualquiera de los conventos de la Córdoba Patrimonio de la Humanidad; escuchar en la iglesia de Santiago el Mayor de Belalcázar una sonata cuyas notas se deslicen por la histórica localidad hasta llegar a su castillo; o cerrar los ojos en la plaza del Cristo de los Faroles y dejarse llevar por el arrebato de la Semana Santa son experiencias que nos proporciona el arte. Como contemplar un cuadro en el Patio Barroco de la Diputación, gustar de unas tapas en el bar más entrañable, leer una novela en la tranquilidad de una tarde con brasero y sofá, dejarse llevar por el Lope de Vega de Fuenteovejuna retratado en sus vecinos convertidos en actores o sentirse en el séptimo cielo mientras oímos un concierto de la Orquesta de Córdoba en el Gran Teatro o nos transportamos al indescriptible mundo del Réquiem de Mozart en el escenario casi imposible de la Mezquita Catedral. Ese es el mundo en el que coincidimos muchos humanos para llevarnos bien. Porque ya hasta en esos novedosos espacios ciudadanos de las charlas de wasap se está prohibiendo hablar de religión y política con la sola intención de preservar a los grupos de su destrucción. Por eso hoy, día de santa Cecilia, es mejor hablar de esta mujer, patrona de la música, que dicen que cantaba a Dios mientras tocaban los músicos de su boda porque su padre la había obligado a casarse. Porque hablar del caso ERE y de las responsabilidades de Chaves, Griñán, Guerrero, Magdalena Álvarez y Gaspar Zarrías en el mismo será volver a los puñetazos políticos, aunque la religión esté, en este caso, alejada y comparar malos comportamientos de este y del caso Gurtel sea a partir de ahora lo lógico. Porque en esta soledad de invierno adelantado no quedará más remedio que volver a ser seres humanos, de esos que no olvidan que la contemplación del arte es lo que nos lleva a soportarnos y a mantenernos en el mismo grupo de wasap.

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