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Entre líneas

Sangrienta Caperucita

 

Juan M. Niza Juan M. Niza
10/01/2018

No fue la única noticia llamativa de los primeros días del año, que para eso está Diario CÓRDOBA: para contar muchas e interesantes cosas. Pero me sorprendió un reportaje de María Jesús Ibáñez que, con todo lujo de detalles, opiniones de expertos y basándose en un estudio de la revista Journal of Marriage and Family daba cuenta de cómo las familias españolas dedican hoy el doble de tiempo a los hijos que hace 50 años. La información no tiene desperdicio para reflexionar largo y tendido sobre el cambio social que se está experimentando. Ahora bien, y en eso es harina de otro costal, ¿dedicar más tiempo a los hijos es sinónimo de un mayor cuidado y mejor educación? A priori, así parece y, sin duda, es más gratificante para padres e hijos.

Pero viene a mi memoria otro estudio, el que se hizo sobre cómo ha evolucionado el cuento de Caperucita Roja desde que se contaba en regiones de Francia y Alemania en el siglo XVI. Retrocedamos en el tiempo. Hoy en día, este cuento, que sería muy útil para concienciar al niño de la necesidad de no compartir información con desconocidos (ni en el bosque ni en las redes sociales) es políticamente incorrecto de principio a fin. Antes, en 1812, los hermanos Grimm (que no eran bohemios pedagogos sino filólogos que abordaban los cuentos tradicionales desde un punto de vista científico) ya habían dulcificado el final con el cazador que salva a Caperucita y rescata a la abuela de la barriga del lobo. Más dura fue la versión de 1697 de Perrault, que a su vez omitía las partes más escabrosas del original, en donde el lobo terminaba comiéndose a la abuela y convenciendo a Caperucita para compartir un festín caníbal antes de abusar sexualmente de ella y comérsela también. Y punto. Así de cruel. Y mientras más traumatizados los niños a los que se les contaba el cuento… mejor.

Por supuesto, no defiendo esa educación basada en el terror de siglos atrás pero, entiéndanme la ironía, no se puede negar la eficacia de aquellos relatos de cuando no había tiempo para educar al hijo de una forma políticamente correcta.

Opinión

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