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Las sandias y la prostitucion de carretera

 

Las sandias y la prostitucion de carretera - Foto:PABLO ALVAR MCV

RAFAEL Martínez Sierra
12/07/2012

Ya llegaron las sandías. De pequeños nos enseñaron que al probar algún alimento por primera vez en el año se debía decir: "En el nombre sea de Dios". Siempre lo recuerdo cuando llegan las frutas de temporada.

Me sorprende ver la gran cantidad de futbolistas que, cuando saltan al campo, tocan el césped y se santiguan, pues son veinteañeros que no recibieron la educación del nacional catolicismo que era donde inculcaban esos hábitos. Nosotros al entrar al mar también mojábamos las manos y nos santiguábamos antes de zambullirnos. No sé cuanta autenticidad encierran estos gestos, pues Antonio Gil, un generoso y sabio periodista dice: Lo que de verdad tenemos, más que religión, es "costumbrismo religioso". Con él no discuto de esto que es sacerdote. Amen.

Nunca fui de sandías; yo soy de melones y será por fidelidad a mi primer apellido, que lo tira la fuerza de la sangre. No obstante la sandía es grosera, descarada, exuberante hasta la insolencia, de poco estilo, chillona y cateta. El rojo bermellón de sus entrañas abiertas atrae, como los coloretes de los pómulos de las madame del club de las afueras. Al lado de la carretera por los llanos de Carmona a las cuadro de la tarde del mes de julio, tras salir de los infiernos de Ecija, encuentras tenderetes con sandías abiertas que seducen a comerlas de igual manera que las sirenas atraían a Odiseo. O mejor dicho, a lamerlas, beberlas, chuparlas o succionarlas, por eso la llaman melona de agua. Oriundas de Africa, terapia para los nativos que se deshidratan. La sandía es pornografía, la fuerza del color no tiene nada que ver con la sustancia, igual que las mujeres de los escaparates del barrio rojo de Amsterdam. Un trampantojo. Cuando le hincas el diente la boca se te llena de un aguachirri con dulzor indefinido, sin aroma, como tener hambre y tomar bicarbonato, como echar al "Vega Sicilia" gaseosa. La sandía rosa y de pepitas negras recuerda los contrastes y la fuerza de los colores de Toulouse-Lautrec, pintando los ligueros negros sobre la carne rosada de las chicas del Moulin Rouge. La exhibición de sandías a esas horas de calina al borde de las carreteras deben prohibirse para la seguridad vial.

Era noche cerrada cuando regresaban de la playa un matrimonio cincuentón. En el asiento trasero dormía su hijo quinceañero. Por el arcén en lontananza apareció una chica, que por arte de magia salía del maizal, con una faldita-braga blanca y un top-bikini de fantasía que con los faros del coche refulgían. Imagen de las huríes del profeta con la que sueñan los de Al Qaeda para inmolarse tirando torres gemelas y acortar camino al paraíso para llegar hasta ellas. El caballero aminoró la marcha. La esposa con ira le gritó: ¿Por qué frenas sinvergüenza? ¿Te quieres regodear viéndola a cámara lenta? ¡Eres vil minando mi autoestima! Yo también era joven y virginal y me ajaste ¿ya no te acuerdas? Tú lo que quieres es que me baje y montarla a ella. Bruta, murmuró él. Acelera ¡sátrapa!, contestó ella. Mujer -le replicó- si es que temo que intente cruzar y la atropelle. Eso es lo que tú quisieras, calzonazos. Se despertó el hijo sobresaltado por el escándalo: ¿Pero qué pasa, madre? ¿Qué, qué pasa hijo? Tu padre, que me toma por tonta y piltrafa y dice que un fantasma se le va a cruzar por la carretera. El niño oteó y gritó; ¡Padre, para! ¡Que es un fantasma con tetas! Lo que me faltaba -gritó la señora- y revolviéndose para atrás con ira al hijo le estampó un botellazo lleno de Lanjarón. Se pasaron la noche en urgencias intentando coartar la hemorragia nasal a Carlitos y a Dña. Carla, con gotero de Valium, la histeria. D.Carlos calculando lo que tardaban las gotas en caer para ir y volver sin que se diera cuenta.

En las vacaciones colegiales acompañaba a mi padre, a última hora de la tarde, cuando refrescaba, a hacer la visita médica domiciliaria por el Albaycín de Granada. Bajábamos por aquellas callejas empinadas cuando vi al final una luz roja encima de una puerta. No sabía lo que aquello significaba pero sospeché que sería algo extraordinario. Mi padre me tomó por el cuello y cuando pasábamos por delante de la casa me puso la cara del revés, para que no viera lo que allí hubiera. No dijimos nada. Me estimuló a que investigara con mi amigo Juanito. Fue la primera vez que vimos mujeres con unos labios como sandias.

Por seguridad vial, van a prohibir la prostitución de carretera, o sea, como Franco que censuró Los jueves milagro , éstos lo harán con éstas apariciones y en vez de atar a Ulises se cargarán las débiles y atractivas sirenas. Los proxenetas y hortelanos, tranquilos, no teman, elijan otro punto de exhibición y venta.

Si la DGT exige cuando nieva que pongas cadenas al coche, ¿por qué no imponen collarines rígidos, como las antojeras de la Dama de Elche, para que los conductores no giren la cabeza? Mientras tanto, pongan un triangulo de advertencia con una silueta femenina para que dé tiempo a quitarle la botella a la parienta. Y a la viejita, pobre, con el tabardillo por la solanera, que la lleven al hospital y no a Alcalá Meco, por vender las enormes melonas de su amo en la cuneta.

* Catedrático emérito de Medicina. Universidad de Córdoba

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