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Al paso

San Fermín al banquillo

 

Ya no abundan cuentos donde una doncella se fue con cinco heroicos varones que la protegieron hasta su castillo. Este San Fermín no es ningún paladín. Estando a la fecha pendientes del fallo, yo no me pronuncio y menos sin datos exactos del procedimiento. Pero creo que, ante este como mínimo, nulo caballero asunto, el escenario de los hechos tiene parte de culpa: una fiesta que pasando por tradición cultural se ha convertido en un espacio para el desenfreno etílico y sexual donde puedes ver en los parques a gente borracha tirándose a otra más ciega todavía. Eso no es practicar libertad, es predicar incultura. Y todo porque sueltan unos toros para que la gente corra y así olvide la monotonía porque parece que eso se hace eterno y anula la fugacidad de la vida. Lo cierto es que allí los únicos que se asustan de verdad y que la carrera se les hace interminable son los pobres toros que encima huyen de un miedo que siempre va por delante con lo terrible que tiene que ser eso. Y después de la carrerita a beber y a chingar que la vida vuelve a ser corta. Entonces esa pública impunidad sexual típica de toros con vacas crece como la espuma de la cerveza y se fomenta para que no cese la llegada de dinero de hombres con la caña puesta atraídos por la leyenda de mujeres siempre dispuestas. Y así llegan los excesos que terminan en conductas delictivas en personas sin antecedentes penales y de vidas más o menos resueltas. En esas estamos cuando una chiquilla, prácticamente una niña, llena de alcohol en el cuerpo y por tanto con la voluntad minimizada, sin poder pensar en ella ni en sus padres que estarán preocupadísimos por dónde está, decide irse con cinco desconocidos que como zombis del sexo van a lo que van sin recapacitar porque en San Fermín todo sexo parece legal. Y después de los hechos, o sea ya a toro pasado, pero antes de la sentencia, los medios condenan a los acusados, aunque para ello tengan que obviar la presunción de inocencia; pero no por impaciencia justiciera sino para purgar sus culpas por no dedicar su enorme poder de influencia en educar a los hombres en igualdad. Y todavía tiene la cara dura el Excmo. Ayuntamiento de Pamplona de personarse como acusación popular pero no por su indignación y solidaridad con una casi menor de edad --porque éticamente es una niña para un hombre de verdad-- que quedará marcada toda su vida, sino como medida populista para no perder votos porque sabe que al ser el organizador de las fiestas y responsable por omisión complaciente del modelo sexual que se ha impuesto, tiene posición de garante y pudiera ser responsable civil del suceso. Vamos, que no hay banquillo para sentar tanta manada.

* Abogado

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