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Tribuna abierta

Responsabilidad individual

 

Responsabilidad individual -

José Zafra Castro José Zafra Castro
05/06/2020

Cuando los gestores de un Estado democrático se ven forzados a apelar a la responsabilidad individual de los ciudadanos (no retóricamente, sino -por así decirlo- tironeándoles las solapas) es que las cosas no pintan bien. Pues nuestra experiencia nos ha enseñado que dicha responsabilidad no es una sustancia que se encuentre repartida entre nosotros de un modo homogéneo. Hemos visto a muchas personas carentes por completo de ella; y quienes sí la poseen no dudan en dejarla a menudo a un lado si están seguras de que las consecuencias de no ejercerla pasarán desapercibidas. En los regímenes totalitarios resulta superflua esta llamada a la conciencia: se han hecho famosas las imágenes televisivas de policías chinos arrancando de las tazas de sus váteres a ciudadanos que se aferran a ellas por negarse a ser confinados. En aquel país el uso de electrodos y cachiporras suple lo que nuestros próceres dejan en manos de una responsabilidad individual que nadie sabe dónde anda, ni tampoco cómo está distribuida.

Con la aparición del estado de Derecho intentó dulcificarse el uso de esta violencia con la que los chinos ahora -y el mundo entero hace dos siglos- solventan sus problemas de orden público. Mediante la extensión del sufragio, el proceso de formación de las leyes fue sumando en Europa a un número creciente de ciudadanos: parecía que, al acatar la norma, nos obedecíamos en realidad a nosotros mismos. Un denso sistema de pesos y contrapesos favoreció el equilibrio de poderes, dilatando la esfera de nuestra libertad frente al poder del Estado. Este, sin embargo, nunca confió mucho en esa «responsabilidad individual» que tornaría superfluos sus mecanismos de coerción. De ahí que cada ley vaya acompañada de un régimen sancionador que intenta asegurar su cumplimiento con esa larga cohorte de jueces, policías y funcionarios de prisiones.

Uno sospecha que si en esta etapa el Gobierno reclama responsabilidad individual, lo hace debido a su impotencia para controlar tantísimas conductas susceptibles de violar las pormenorizadas normas sobre la desescalada. Conseguirlo requeriría que media población se convirtiera en un cuerpo de policía que vigilara a la otra media. Pero para ello sería imprescindible una policía de segundo orden que controlara a la de primer orden, y otra de tercer orden que... ¿Han oído hablar del panóptico del filósofo Jeremy Bentham? Se trata de un tipo de edificación carcelaria que permite que un único guardián observe desde su torre a todos los prisioneros; o, más bien, que haga que cada uno así lo crea, al no saber en ningún momento cuál de ellos es el realmente vigilado.

Pero nos quedan los suecos, dirán. En ellos la responsabilidad individual parece fluir de un modo espontáneo y sin cachiporras. ¿Es esto así? No olvidemos que hace siglos el protestantismo inoculó en este país, dentro de la conciencia de cada creyente, al más severo de los vigilantes del más severo de los panópticos: a Dios mismo. En el catolicismo uno puede acumular pecados con la tranquilidad de que el confesionario está siempre ahí para resetear el alma y poner el contador a cero. Los protestantes nunca borrarán del disco duro de su conciencia ni el más pequeño desliz. De ahí lo severo de su moral. Vemos cómo ese rigor despliega sus ventajas en época de pandemia. Pero también manifiesta sus inconvenientes en tiempos de bonanza. Conozco a un sueco a quien una sonrisa exige el mismo esfuerzo muscular que a nosotros la ejecución de una tabla de abdominales. Me pregunto si esa falta de coacción en el manejo de la pandemia compensa la bruma que, de hacer caso a las películas de Ingmar Bergman, cubre de nubarrones el ánimo de muchos de sus compatriotas.

¿Se acerca este artículo a algún tipo de conclusión? ¿Ejerceremos la responsabilidad que nos reclama el Gobierno o abarrotaremos las playas sin consideración hacia los demás y hacia nosotros mismos? ¿Nos manifestaremos encacerolados sin respetar la distancia social? ¿Sucumbiremos en medio de pantagruélicas orgías de paellas sin freno? Las consecuencias podrían ser terribles. Pues no olvidemos que al seísmo sanitario por cuyas grietas ahora nos hundimos seguirá en breve el tsunami de una crisis económica sin precedentes.

Si eso que se llama «responsabilidad individual» escasea, pienso que esta es una buena ocasión para ponerla a prueba. No por temor al castigo divino, ni a ese pastor que ciertos ciudadanos nórdicos alojan en el templo de sus conciencias, ni al rudo policía que despega a los chinos de sus váteres. Apelo a algo menos truculento pero, tal vez, más efectivo: al instinto de supervivencia; o, simplemente, al deseo de llevar una existencia mejor durante la crisis que se avecina. Piense, oh lector, que la vida puede ser, en palabras de Frank Capra, algo maravilloso: un palacio lleno de habitaciones cada una de las cuales oculta, quizás, un tesoro. Y sería de tontos -¿no creen?- dejar cerradas todas esas puertas que nos quedan todavía por abrir.

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2 Comentarios
02

Por vecino 8:43 - 05.06.2020

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Señor ZAFRA Esta es la primera vez que un expresidente catalán decide sentarse en un consejo de administración. Felipe González y José María Aznar podrían dar lecciones de cómo se hace, mientras que José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy que seguro que recibieron también buenas ofertas, optaron por no traspasar la puerta.

01

Por vecino 8:42 - 05.06.2020

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Pues sí señor Zafra. Las puertas giratorias son el cáncer de la democracia, así que ya podemos poner nombres y apellidos a todos los causantes de esta enfermedad política absolutamente devastadora.