Este martes se conmemora el Día Mundial de las Personas Refugiadas. Es una jornada que, como mínimo, nos vuelve a enfrentar a una situación dramática, a una tragedia colectiva que Acnur ha cuantificado en 65,6 millones de personas desplazadas, en el 2016. Y que ha desembocado, sobre todo a raíz del conflicto en Siria, en una crisis que es, en palabras de Noam Chomsky, «la crisis moral de Occidente». Hace poco más de un mes se produjeron 12 operaciones de rescate simultáneas a 30 millas de las costas de Libia, con un número indeterminado de muertos, pero superior a la treintena. Lamentablemente, esta no será la última noticia espeluznante que se dará este año a las puertas de un verano que se anuncia mortífero en la llamada ruta del Mediterráneo central. El acuerdo que la UE firmó con Turquía en el 2016 para que, a cambio de prestaciones económicas, se parara el flujo de refugiados e inmigrantes en los Balcanes, no ha sido ninguna solución, como ya era previsible. La Organización Internacional para las Migraciones informa de menos fallecidos en el Mediterráneo, pero la perspectiva -con la cifra pavorosa de más de 5.000 muertos en el 2016- no es halagüeña. La situación de las personas desplazadas de sus lugares de origen sigue golpeando la conciencia de una Europa incapaz de asumir el reto humanitario. El deber de Europa es salvar -y en esto la acción de las oenegés se impone a la de los gobiernos-, proteger, cobijar y ofrecer un futuro mejor. Para que no muera el alma del continente.