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Para ti, para mí

Reflexión de Chesterton

 

Antonio Gil Antonio Gil
15/02/2019

La historia nuestra de cada día nos zarandea continuamente. Acabamos de estrenar un paisaje, una nueva situación, y casi a renglón seguido, se nos presenta otra. Lo que decíamos hace un momento ha perdido validez. El teólogo González de Cardedal nos ha hablado de esos tres «aluviones» que se descargan actualmente sobre el alma de Europa, tres «cambios» fundamentales: El final de la religión, el final de la metafísica, el final de la conciencia moral. Son «aluviones» que van afectando a personas concretas, intentando conmover sus principios o desangrando aún más sus debilidades. Uno de los ámbitos también golpeados es el religioso, principalmente, la Iglesia católica. Hay siempre a propósito de los escándalos y abusos, una última película, una última novela, o miles de noticias y comentarios en las redes. Ante el panorama real de esas sombras dramáticas, creo que merece la pena leer despacio el comentario de Chesterton: «Cuando Cristo en un momento simbólico estaba estableciendo su gran sociedad, no escogió para su piedra angular ni al brillante Pablo, ni al místico Juan, sino a un mentiroso, un esnob, un cobarde, en una palabra, un hombre. Y sobre esa piedra construyó su Iglesia, y las puertas del infierno no han prevalecido contra ella. Todos los imperios y los reinos han fracasado, debido a esta debilidad inherente y continua, que fueron fundados por hombres fuertes y sobre hombres fuertes. Pero esta unidad única, la histórica Iglesia cristiana, se fundó en un hombre débil, y por eso es indestructible. Porque ninguna cadena es más fuerte que su eslabón débil». Chesterton no hace otra cosa que valerse de una paradoja, una paradoja que es fácil de descubrir en nuestra experiencia diaria. No es contra una fortaleza donde se estrellan todos los reinos de la tierra, sino contra la debilidad que, así, se muestra más fuerte que todas las fortalezas. Dios ha confiado un gran tesoro a vasijas de barro, «para que todos vean, como dice san Pablo a los corintios, que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros».

* Sacerdote y periodista

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