No es la primera vez que EEUU expulsa a diplomáticos rusos. Hace cinco años, por ejemplo, expulsó a 51, 16 más de los que ahora tienen que regresar a Moscú por los presuntos ciberataques para intentar influir en el resultado de las elecciones. Ahora, sin embargo, estas expulsiones se producen en un momento extraño, cuando Obama no es ni siquiera un pato cojo. Le quedan apenas tres semanas en la Casa Blanca en las que resulta difícil llevar la iniciativa mientras su sucesor, Trump, está gestionando la transición de un modo desconcertante. Este momento reviste también extrañeza porque está permitiendo a Putin, sacar pecho y presentarse ante el mundo como el estadista necesario, capaz de menospreciar a la que aún es la primera potencia mundial. Después de ignorar completamente a EEUU a la hora de buscar un alto el fuego en Siria y un acuerdo de paz posterior, Putin ha decidido reservarse el derecho de responder a las medidas adoptadas por Washington a la espera de la llegada a la Casa Blanca del nuevo inquilino. Trump, que ha hecho negocios en Rusia, ha manifestado una mayor sintonía y capacidad de entendimiento con el zar del Kremlin de la que haya podido tener la Administración saliente, pese a los intentos realizados por Obama al principio de su primer mandato de intentar mejorar las relaciones con Moscú. En el calendario del año que está a punto de empezar hay varias citas electorales en Europa --Francia, Alemania y Holanda-- en países donde fuerzas populistas de ultraderecha cuentan con la bendición económica y/o moral del Kremlin. Sería un error creer que cuanto ha ocurrido ahora entre Washington y Moscú es una cuestión limitada a aquellos dos países y que no nos atañe. Lo que está en juego es la democracia amenazada por una nueva forma de guerra.