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Caligrafía

Puerta

 

Hace unos nos invitaron al doctor Díaz Rodríguez y a mí a mantener una conversación que normalmente habría sido íntima ante el público de La Cabaña, en su ciclo, que ojalá siga ocupando eternamente la noche de los jueves, de Alterna Cultura. Se supone que íbamos a pasar una hora proponiendo algunas sagas de literatura fantástica a seguidores huérfanos de Juego de Tronos, aunque la mayoría de los asistentes necesitaban pocas recomendaciones y la conversación se ocupó pronto del género y sus momentos estelares.

Miren, la literatura es simplemente eso: explorar hasta encontrar los depósitos ignorados de belleza. Da igual que sea la descripción del contenido de la bolsa de un mercader muerto, en la saga de Geralt de Rivia; o el secreto del éxito de una fuga por amor de una joven noble, descrito por Dólojov en Guerra y Paz. El material es el mismo, se encuentre donde se encuentre.

Hacia el final me hicieron una pregunta que tardé en responder. De todo el género fantástico, ¿qué libro es mi favorito? Contesté con una breve historia. Tuve la fortuna de crecer en una casa con libros, en la que nadie, jamás, me dijo que hubiera alguno que no pudiera leer. Sin embargo, no había libros de fantasía. Mi inclinación por el género era instintiva y sentía una curiosidad profunda por sus elementos, sobre todo las criaturas extrañas y mágicas. En 1996, Timun Mas publicó por entregas una colección de Grandes Autores de la Literatura Fantástica, cuyo número inicial era una antología de cuentos intitulada Homenaje a Tolkien. Lo pedí insistentemente, mi madre me lo compró, le echó un vistazo y me dijo: si no entiendes algo, pregúntame. Supongo que seguía en el ambiente el crimen del juego de rol, que estigmatizó más de una década el género. O puede que su vistazo cayera sobre el cuento en el que una señora recogía un trasgo herido y, aún convaleciente, se acostaba con él (nada sicalíptico ni descriptivo, no se alarmen).

Con el primer volumen de la colección venía de regalo, en cd, la Enciclopedia Tolkien Ilustrada, de David Day. Era un artefacto glorioso que contenía todo el conocimiento sobre el mundo del autor, y cuya portada consistía nada menos que en Smaug el dragón escupiendo fuego. Cuando pude --reproducir un cd no era tan sencillo-- busqué dragón, consulté la entrada de Smaug y, por referencias, la de Thorin y sus arqueros. El siguiente paso fue invertir mis ahorros en un ejemplar de El Hobbit, que encargué en la extinta Universitas muerto de vergüenza: sentía --once años- que ese libro ya tendría que haberlo leído.

El Hobbit no es solo un libro excepcional. Supuso una puerta de mi tamaño a una tierra largamente anhelada que no he dejado de habitar, algo así como llegar a casa sin saber que era tu casa pero sabiendo que era tu casa. Cosas mías. Favorito no es mejor ni peor, sino que goza del favor, sin atender necesariamente a justicia o a fundamentos.

Claro que, citando mal al Dr. Díaz, en estas predilecciones tengo toda la razón.

* Abogado

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