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La retranca

Los premios

 

Jesús Vigorra Jesús Vigorra
07/01/2018

Entre final y principio de año, si vd. quiere pintar algo en su entorno, o da un premio o se lo dan. La cosa suele empezar con el otoño, en el último trimestre del año y desarrollarse hasta la primavera y más allá. En este país es constante y continuo el ceremonial de entrega y recogida de premios, que se acentúa llegando el cambio de almanaque. A los ya habituales en todo el repertorio de actividades culturales, cine, teatro, danza, música, bellas artes y manualidades diversas, se han venido a sumar los más variopintos que recorren toda la escala social, oficios y especialidades. Todos los días cae una lluvia de premios que se otorgan a mayor gloria del oficiante que reparte y entrega galardones que, por lo general, suelen ser tan pretenciosos como feos. En este país donde cada vez va menos gente al cine, resulta en cambio que no hay ciudad que se precie que no tenga un certamen de cortometrajes o largos, películas ya estrenadas, inéditas o retro, que justifiquen la venida de un ramillete de famosos a recoger un premio que vale menos que lo que cuesta traer a los oficiantes en la gala de entrega de estatuillas, ocasión para que luzcan los alcaldes y prebostes que son los que pagan la fiesta. En este sentido, claro ejemplo de lo que les cuento es lo ocurrido en Zamora, dónde la Diputación ha pagado 14.500 pavos a Bertín Osborne por presentar una gala de entrega de premios a emprendedores en la que los galardonados recibieron 2.000, 1.000 y 500 euros, correspondientes al primero, segundo y tercero respectivamente. Todo en aras del empredimiento. Y que conste que de tal despilfarro queda exento el cantante de rancheras que, como profesional, y no teniendo vinculación alguna con Zamora o su Diputación pone tarifa a un encargo, va, actúa y cobra. El caso es que cada diputación, cada ayuntamiento, cada comarca, cada comunidad autónoma, además de los premios nacionales, reparte una buena andanada de premios y galardones; y esta afición al dar y recibir se ha extendido ya a todos los sectores, incluido el hortofrutícola, y así vemos como en el agro español se otorga el boniato de oro, el nabo de honor o el cebollino ilustre. Y de la huerta podríamos pasar al sector industrial, universitario, medios de comunicación, colegios profesionales y hermandades patronales. En esto de los premios, como decía Arrabal, solo atinan los jurados cuando se equivocan; y solo en algunas pruebas de atletismo, donde el primero es el que más corre o el que más salta, la superioridad del campeón es incuestionable. Y además, habría que rastrear a dónde van a parar todos esos galardones que juntos podrían conformar una inefable galería de horrores y vanidades.

* Periodista

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