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Colaboración

Patología democrática

 

Nadie ignora que un debate es para confrontar ideas, discutir proyectos, criticar realizaciones, y defender o deshacer argumentos, de parte de unos líderes que los ciudadanos hemos elegido con la finalidad expresa de que representen y defiendan nuestras opciones. Estos líderes son nuestras «autoridades», y -porque así es la Democracia- se supone que participan en un objetivo común, deseado y buscado por ambos con ilusión y con responsabilidad compartida, que es el bien y el progreso de la nación y, en definitiva, la felicidad de todos los ciudadanos y ciudadanas. En eso estamos todos de acuerdo porque eso es la Democracia; y aceptamos para lograrlo las distintas y diversas perspectivas de enfoque, de complementación, de crítica y de alternancia que aporta, constructivamente, cada contendiente en el debate.

Sabemos también que el argumento fundacional de la Democracia es el valor, el respeto, el derecho y la dignidad de cada una de las personas singulares que la integran. Y cuando se les niega -valor, respeto, derecho y dignidad- a la persona que representa a alguna de las opciones de la ciudadanía, a todos se nos está negando valor, respeto, derecho y dignidad.

Sucede a veces que alguno de esos líderes que representan nuestras opciones convierten la confrontación de argumentos contrarios (normal y deseable en una Democracia) en el navajeo entre enemigos; y el argumento constructivo y racional lo confunden con esa falacia dialéctica que se llama «argumentum ad hominen»: atacar al presunto enemigo, pretender denigrarlo y destruirlo, en lugar de discutirle sus ideas y de confrontarlas con alternativas mejores. Esto resulta especialmente denigrante y vergonzante, cuando se produce, no con miras al bien colectivo, desde la opción de un conjunto de ciudadanos representados, sino con la pretensión de ganar imagen y votos en las elecciones...

Y pienso que la patología de la Democracia reside muchas veces en la «angustia de perder el poder», por lo que, llegado un momento, se ataca desesperadamente a quienes aspiran a relevarles en el gobierno, olvidando que la «provisionalidad» es parte de la esencia de la democracia a la que han prometido servir.

* Correspondiente de la Real Academia de Córdoba

Opinión

La Térmica

Miguel Ranchal

Estrategia española de economía circular

FRANCISCO SOLANO Cobos Ruiz

Democracia maloliente

Alberto Díaz-Villaseñor

Un cambio de verdad

Alejandro López Andrada

Vacaciones irreales

Francisco Gordón Suárez

Vida y derechos

Rafaela Pastor

En recuerdo de Antonio Portillo

Juan E. Benito Pérez

Zona azul y zona verde

Diario Córdoba

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1 Comentario
01

Por vecino 11:51 - 17.07.2019

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Se cree el ladrón que todos son de su condición. Lastra dice que Iglesias busca tener un gobierno a su servicio, será que en el PSOE acostumbran a usar las instituciones en beneficio propio. No señora Lastra el Gobierno debe estar al servicio de la gente