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Para ti, para mí

La pandemia, un examen de conciencia

 

Antonio Gil Antonio Gil
12/07/2020

Los rebrotes del coronavirus siguen alarmando a la sociedad. Han fallado muchas previsiones, la del calor, por ejemplo, que eliminaría el virus; la de la responsabilidad colectiva, que nos haría cumplir las normas dadas por las autoridades sanitarias; la de avanzar a un ritmo de mayor tranquilidad, con nuevos horizontes para la convivencia. No ha sido así. Mientras tanto, continúan las reflexiones, la exposición de puntos vista en los medios de comunicación, los libros lanzados al mercado con urgencia, como Dios en la pandemia, de Walter Kasper y George Augustin, o La palabra desencadenada. Creer en tiempos de pandemia, de José María Rodriguez Olaizola. Y es que este tiempo de pandemia por el covid-19, con el confinamiento para frenar la expansión del virus, ha abierto en el seno de la sociedad una necesaria reflexión. En estos meses, nos hemos sentido contrariados y despojados de nuestras pretensiones, de nuestros proyectos meramente humanos, como dice Josep Carner en su poemario: «Cuando Dios revive, cuando Dios se levanta, despoja al hombre de su pretensión de ser justo». La pandemia es un examen de conciencia general que nos debe hacer reflexionar profundamente. El sacerdote cordobés Alfonso Crespo Hidalgo, residente en la diócesis de Málaga, ha dedicado un pliego en la revista Vida Nueva, en el que ofrece un test de autoevaluación para la desescalada. Y en su cuestionario lanza preguntas que nos obligan a respuestas sinceras y a conclusiones personales: «¿He aprendido a cohabitar con el silencio, sin tenerle miedo? ¿He aprendido a callar con humildad y hablar con sabia prudencia? ¿Ha aprendido a contrastar la información y aportar una opinión constructiva?». Alfonso nos invita a saborear «el insólito sonido del silencio», a «convivir en soledad y descubrir la secreta presencia de Dios Padre»; a «mirar con ojos de fe y esperanza, más allá de las apariencias»; a «valorar la amistad, a saborear la Palabra de Dios, a urgir la caridad fraterna». Entre las conclusiones que saca este sacerdote, especializado en «orientación desde la orilla de la fe», figura el papel que toca hoy a los ciudadanos creyentes: «Los cristianos somos unos ciudadanos más, sometidos a leyes civiles y con el deber de colaborar siempre en el bien común. Pero también los cristianos estamos llamados a ser ciudadanos ejemplares, que proponemos una vida alternativa, ‘admirable e increíble’, que se convierte en la primera fuerza evangelizadora, sabedores de que solo los testigos evangelizan. No son momentos para quedarse perplejos e inoperantes, sino para abrir las puertas al espíritu: para orar, reflexionar, consultar, actuar. Esta crisis puede ser un kairós para iniciar una «desescalada» hacia una «segunda transición, centrada en un cambio en el seno de la Iglesia y sus estructuras, que hagan más visible esta vida alternativa que brota de la fe». Ciertamente, vivimos un tiempo para las grandes preguntas y también para encontrar y ofrecer grandes respuestas. Una humanidad confinada en el siglo XXI es un buen laboratorio para hacer una profunda revisión de la vida humana en nuestro planeta, en todos sus aspectos. El ser humano se siente ahogado en sus dimensiones más profundas. Y no sólo por la dichosa mascarilla, agobiante a todas horas y en todas partes, sino por el sentido de la vida, el señorío de sí, la libertad interior, su dignidad, el cultivo de la belleza, de la oración y de la trascendencia. En este sentido, el coronavirus ha logrado derrumbar el pedestal en el que se había subido el hombre moderno. Esta pandemia nos ha enviado a todos al «rincón de pensar», o mejor dicho, a la atalaya desde la que vemos de un vistazo todo: vida y muerte, pueblos y gentes, heroicidades y mezquindades. Hacer una parada en la vida, voluntaria o no, nos facilita la reflexión, contemplar la realidad con calma, ser más sensibles al dolor ajeno y abrirnos al «misterio» que nos habita y acompaña siempre. Muerte, dolor, enfermedad, pérdida de empleo, son muchas las maneras con las que el covid-19 nos ha apaleado. Por eso, hace unos días, en el funeral de la Almudena, el cardenal Juan José Omella, en sus palabras introductorias, quiso dejar claro que «Dios nunca abandona a sus hijos». Y subrayó con fuerza: «Ojalá esta experiencia vivida sea también una oportunidad para avanzar en el camino espiritual. Que todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo», finalizando con unos versos de Calderón de la Barca: «¿Qué quiero mi Jesús? Quiero quererte, quiero cuanto hay en mí del todo darte, sin tener más placer que el agradarte, sin tener más temor que el ofenderte. Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte. Quiero, amable Jesús, abismarme en ese dulce hueco de tu herida, y en sus divinas llamas abrasarme».

* Sacerdote y periodista

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