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Tribuna abierta

Ni una palabra más alta que otra

 

Ni una palabra más alta que otra -

Álvaro Vega Álvaro Vega
06/07/2020

La vida es injusta en muchas de sus facetas y no siempre reconoce los valores y trayectoria de una persona cuando nos abandona. Francisco Mármol Montero (Córdoba, 4 de agosto de 1924-6 de mayo de 2020), impresor y editor, falleció en plena pandemia. Al desgarro que su despedida nos dejó a sus más cercanos, se unió el desasosiego de sus hijos de no poderle despedir como a su madre, Matilde Bernal Hidalgo, de la que Paco enviudó en 1996, por culpa de una enfermedad, la covid-19, que él no había padecido.

Pero la existencia también ejercita actos de gratitud. Sus hijos, Eduardo, Paco, Miguel Ángel y Matilde, no han tenido que soportar la inmundicia humana de tener que oír hipócritas alabanzas a su lucha por la democracia durante la dictadura franquista de gente que nunca se ha jugado nada y que nada han sentido con esta pérdida.

Si su partido, el PSOE, por el que se jugó la integridad física en la clandestinidad, lo despidió con un laso comunicado de catorce líneas donde lo único que atinó fue llamarlo «histórico militante socialista», una tórrida tarde de verano, 49 días después de su muerte, recibió un reconocimiento social emocionante, no con la dimensión que se merece ni en el contexto adecuado, pero que deja claro que parte de la sociedad tiene aún capacidad de respuesta.

Paco fue una persona que hizo lo que pocos saben para ayudar al advenimiento del régimen constitucional que hoy vemos prendido del odio de la extrema derecha.

Probablemente, muchas de las personas que llenaron la parroquia de la Trinidad en el funeral que el día de san Juan sus cuatro hijos le ofrecieron no conocían la historia en toda su dimensión, aunque sí barruntarían algo de su vinculación con el socialismo en la clandestinidad, su compromiso con la democracia y con el progreso y su relación con lo que lo que es el PSOE gracias a lo que él, y otros, hicieron cuando no pensar lo que el poder costaba que te detuvieran y te maltratasen en comisaría, como él tuvo que sufrir.

Aquella iglesia llena cuando se rondaba la máxima del día, fue un tributo a un hombre bueno, al que recuerdo desde que tengo uso de razón y al que nunca oí una palabra más alta que otra.

Lo reflejó muy bien el párroco, José Juan Jiménez Güeto, en una excelente homilía: Mucho tenían que reconocerle asistiendo a un funeral tantos días después de su muerte en una tarde tan poco propicia para salir sin ninguna obligación formal.

Frente al desdén de los propios (solo un puñado de compañeros de causa acompañaron a la familia), un digno tributo de tolerancia y un ejemplo en esta época donde el enfrentamiento y el insulto se practican en función del rédito y, además, con la bandera de todos anudada al cuello o con ella de pulsera de muñeca, como si fuese un fetiche.

Mi gran suerte es que puedo contar en primera persona sensaciones vividas desde muy pequeño del hombre que se ha ido sin un recuerdo institucional, sin una calle a su nombre, sin un homenaje de la democracia que él coadyuvó a traer.

Porque es necesario reconocer a figuras como Paco para que nadie olvide que la democracia no surgió como aquel espía de John le Carré, del frío, y seamos tan ingenuos de creer que quienes ahora la utilizan para asaltar las instituciones no van a destruirla si los demócratas como él no hacemos lo posible para que no la manchen con sus polutas manos guerracivilistas.

Lo puedo contar porque acompañaba a mi padre, también Paco, Francisco Vega Labado, tras salir del colegio, a ver a su tocayo, primero en la imprenta que tenía en San Andrés y luego en Poeta Muhammad Iqbal. De la primera, la memoria me deja muy vagas evocaciones. Era demasiado pequeño, tenía 11 años cuando se mudó a la zona de La Viñuela en 1974. De la segunda, la retina conserva con nitidez un almacén de techo bajo, lleno de paquetes de gran dimensión, que años después supe que eran resmas de papel de entre las que Paco sacaba algún folio que luego comentaba con mi progenitor, habitualmente en alguna terraza de la zona. El tercero del cónclave era Eduardo Rodríguez Pina, otro «histórico militante socialista» que nos dejó en 2015. Los tres ejercieron una sincera amistad.

Paco escondía los textos prohibidos en el mismo sitio, las resmas, entre las que la Brigada Político-Social del franquismo buscaba similitudes de papel con las octavillas subversivas para el régimen y que registraban en la imprenta de San Andrés por delación de alguno con el que compartía profesión.

Con los años comprendí por qué alguna vez Paco Mármol miraba hacia atrás en aquel almacén de techo bajo, mientras con la mano izquierda levantaba una resma y con la derecha sacaba las hojas escritas que escondía. Estábamos en la clandestinidad.

* Periodista

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