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La razón manda

Divagación de los tiempos felices

"Entonces, Camus, desde los editoriales de 'Combat', el periódico que dirigía, lamentó que los hombres murieran sin haber sido felices"

 

Carmelo Casaño Carmelo Casaño
18/09/2019

Quizás la felicidad sea, primordialmente, una remembranza ilusionada. Por eso, en el siglo pasado, tras el ascenso al poder de los fascistas y los nazis, se escribió mucho sobre los felices años 20, cuya felicidad fue descubierta, posteriormente, a tiempo pasado, por quienes, en la Segunda Guerra Mundial, y para huir de sus horrores, anhelaron el París donde las vedetes del music-hall aseguraban sus piernas en millones de francos; todo el mundo bailaba el charlestón; soñaba con un progreso indefinido y creía en las vitaminas... Ideal París irrefutable en el que despuntaban Maurice Chevalier y Jeanne Mistinguett; e imponía a las mujeres, las melenitas a lo garzón y, en las playas, unos bañadores parecidos a los maillots con lentejuelas que lucían las trapecistas del circo Medrano. Todo el compendio de los tópicos felices.

Por eso mismo -porque la felicidad es, principalmente, una reminiscencia optimista- nuestras mentes más lúcidas elogian, como feliz, la Transición política de la dictadura a la democracia, que no tiene parangón en la historia, tantas veces pugnaz, del país. Hoy día, ni ETA mata, ni la inflación anda desbocada, ni existen veleidades golpistas; no obstante, aquella época -finales de los 70 y principios de los 80-, comparada con los presentes desencuentros, gatuperios y puñaladas traperas, resulta políticamente feliz. Tal vez ello se deba a que, entonces, la espera estaba compaginada con la esperanza, mientras realidad y deseo se aproximaban idílicamente.

Desde luego, resulta indudable que la felicidad posee un componente subjetivo y otro circunstancial. Dos ejemplos al canto: el primero antiguo y el segundo moderno. El viejo lo remontamos al poderoso califa cordobés Abderramán III que, según refieren los cronistas áulicos, en toda su existencia, según propia confesión, solo fue feliz diez días, y no seguidos. El otro ejemplo, el moderno, lo encontramos en el justo y clarividente Albert Camus que en su primer libro -Bodas- se confesó dichoso por vivir, pese a su pobreza monetaria, en un litoral luminoso donde florecían los almendros y las muchachas frutales y afectuosas. Entorno soleadamente mediterráneo que era capaz, por sí mismo, de disolver la adversidad. Un sueño neoplatónico que le duró hasta enfermar de tuberculosis y sufrir muy cerca los crímenes de Mussolini, Hitler y sus acólitos. Entonces, Camus, desde los editoriales de Combat, el periódico que dirigía, lamentó que los hombres murieran sin haber sido felices y que, durante la desoladora posguerra, tuviesen como aspiración suprema leer periódicos y fornicar.

Lo antedicho, referido a vuela pluma, nos introduce en otros tiempos más cercanos que, en el momento actual, también los consideramos relativamente felices y que duraron desde comienzos del siglo presente hasta que llegó la crisis diabólica, semejante a «el rayo que no cesa» de Miguel Hernández, en la que han tenido carta blanca la bárbara codicia y la mentira metódica. Posiblemente por eso, prefigurando lo que se avecinaba, el cardenal Carlo María Martini, arzobispo en Milán, personaje de muy fina inteligencia -conocemos un libro pequeño, pero excelente, que recoge sus conversaciones con Umberto Eco-, al llegar al episcopado escogió este lema lapidario: «Estar dispuesto a amar la adversidad por servir a la verdad».

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