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Tormenta de verano

No puedo respirar

 

Yo no sé si a ustedes, algunas veces, también les ocurre. Pero hay ocasiones en que la injusticia y la barbarie te noquea y tira sobre la lona. «No puedo respirar» fueron las últimas palabras de George Floyd, esposado y acostado boca abajo sobre el pavimento, mientras un oficial de policía impasible le aprisionaba el cuello contra su rodilla en mitad de una calle de Minneapolis, durante ocho largos minutos, sin amenaza ni excusa para hacerlo. Y todavía anda gente justificándolo soto vocce en las redes sociales, curiosamente los mismos que defienden la vida y las libertades envueltos en banderas. ¡Qué enfermos estamos todos y qué poco hemos aprendido de holocaustos interminables y de fanáticos fundamentalistas! Qué lejos estamos aún del sueño de Martin Luther King de que todos los hombres son creados iguales, «de que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia». Desde el Memorial a Lincoln en Washington, el 28 de agosto de 1963, resuenan las palabras del líder de los derechos civiles: «No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia». El racismo es un virus muy peligroso que está muy cerca de nosotros, y contra el que no estamos vacunados. La vida de la población de raza negra y otras minorías sigue hoy minada con los grilletes de la discriminación: en la señora que humilla a la empleada de hogar, en el trabajador que tiene que pagarse de su bolsillo la Seguridad Social que corresponde a la empresa para mantener sus papeles, en los miles de bulos que intoxican las redes sociales.

Me asfixia tanta desmemoria social, tanta falta de principios y valores morales con los que conducir nuestra convivencia. Me ahoga el cautiverio de millones de parados sin expectativas, la pobreza de las bolsas de comida y las colas de los comedores sociales. Me entristece el embrutecimiento de una sociedad que exige libertad de expresión, pero que renunció a la libertad de pensamiento. Salimos de 80 días de confinamiento, y parece que no hemos aprendido nada: queremos seguir viviendo como antes, cual si tal cosa, con los mismos desmanes y enfrentamientos, con los mismos enemigos y los mismos odios. Observas a los líderes políticos y solo ves cómo andan a la gresca, entre mentiras consentidas, puertas giratorias y estrategias de poder, mientras todo queda en un erial. Deberíamos de hacerles un test de inteligencia, pasarles luego el polígrafo de la verdad, analizar sus méritos laborales y, con los que no llegaran a la media, hacer un ERTE masivo con todos ellos. Al menos para que dejaran de cobrar las dietas, que su poca vergüenza no les lleva a renunciar, mientras no asisten al Congreso.

El mundo no puede respirar por la contaminación de tanta villanía. La revolución que necesitamos no es la de la inteligencia artificial, ni los big data, ni los robots humanoides, ni la aplicación masiva de los algoritmos. La mayor revolución que necesita la humanidad es la que surge en el interior del ser humano, la de la coherencia y la honradez, la victoria del bien sobre el mal, de la generosidad sobre el egoísmo, de la inclusión sobre la exclusión, del perdón sobre la venganza. Recuerdo estos días el pensamiento de Eduardo Galeano, que me asalta de forma recurrente: «El amor pasa, la vida pesa, la muerte pisa». Y yo no sé si a ustedes, algunas veces, también les ocurre.

* Abogado y mediador

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