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La rueda

No le llamen razón a la emoción

 

Emma Riverola Emma Riverola
02/01/2018

Laberinto, choque de trenes, abismo, vía muerta… hemos derrochado metáforas, pero por muchas palabras que utilicemos, difícilmente podremos describir lo que hemos sentido. Unos y otros. Una sobredosis de emociones que cada cual ha gestionado como ha podido. A veces, sumergiéndose en las tumultuosas aguas de la información constante y compulsiva. Otras, tomándose un respiro asfixiados por la saturación. Peor ha sido la gestión colectiva, en la que hemos suspendido estrepitosamente, alentando bloques que se han complacido en el desprecio mutuo. Mientras los ciudadanos nos cocíamos en el caldo de la emoción, el poder se ha arrogado una falsa racionalidad. El Gobierno del PP y todos los que se unían a su voluntad de mano dura se consideraban garantes de la razón, pero sus gestos también derrochaban emoción. Apelar constante y únicamente a la ley considerándola inmutable y derivar la responsabilidad política a los tribunales no es un ejemplo de raciocinio, es el reflejo de una pulsión de dominio y displicencia que desprecia todo aquello que no entiende y no se ajusta a sus intereses. También el Ejecutivo catalán, alegando obediencia a un supuesto mandato democrático, enredado en desafíos y traiciones mutuas, despreció la diversidad de sus ciudadanos e ignoró la voluntad de la mitad de los votantes. El conflicto entre Cataluña y España es indiscutiblemente emocional. Como todos los conflictos humanos. La mano dura no escapa a ese torrente de emociones, solo que elige las peores para resolver el conflicto si lo que quiere es preservar la convivencia. No es algo nuevo ni exclusivo del PP. Así es como el poder ha tratado de solventar los desacuerdos desde tiempos inmemoriales con resultados más que discutibles. El PP puede seguir negándose a negociar, imponiendo su cerrazón, buscando la humillación del otro, desestimando cualquier propuesta que acerque posiciones; unos y otros pueden seguir encadenándose a su orgullo y obstinación, pero no le llamen razón.

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