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Hoy

Mucho más carilla

«Aquí hay que pagar hasta por asemejar nuestros disgustos a los brincos de una cabra»

 

Pues empiezo otra peregrinación, y no precisamente a Santiago, sino para conseguir la mascarilla con la que nuestra Junta conjunta disjunta adjunta quiere darnos la impresión de regalarnos una caricia sobándonos la giba. Pues voy yo tan ufano mi viernes correspondiente según mi edad. (Aunque trato de peinarme todas las canas, aún puedo presumir de abuelo último modelo. La procesión va por dentro claro: postiza casi toda la dentadura, dolores articulares, insomnio, próstata, exaltación nerviosa diaria ante esta caterva de administradores... ¡Qué les voy a contar que no sepan ustedes!) ¿Por dónde iba?... ¡Ah sí! Iba por: Pues voy yo tan ufano mi viernes a mi farmacia, hago mi cola correspondiente fuera, en la calle, bajo este sol canicular (y eso que aún son las 10 de la mañana. Yo, como buen viejo, puntual y cumplidor de todas las normas y hasta de las que me saco de mi manga). Pues por fin me toca, y la señorita de la farmacia (no me atrevo a llamarla «manceba», porque, como pueden comprobar, ese femenino no corresponde muy asépticamente con «mancebo». Los que aún sobrevivimos al destrozo de nuestro maravilloso español (idioma) podemos distinguir el matiz entre «mancebo», mozo de farmacia, y «manceba», ¿moza dada a la mancebía?). ¡Madre mía!, ¡en que berenjenal me he metido!, y todo por decir que voy a recoger las mascarillas que me regala la Junta (luego hablaré del concepto de regalar, si me queda espacio), y la señorita manceba de la farmacia me dice que se acabaron en cuando llegaron, que mandaron solo 70 mascarillas. Y como el calor no me lo permite, el día siguiente a otra farmacia. Y nada. Y otro día a otra farmacia. ¡Nada!... ¿Por qué? ¿Por qué seguimos siendo los esclavos de las pirámides, los esclavos de la muralla china...? Y ¿por qué eso de ese regalo de la Junta? Aquí no se regala nada. Aquí se han tomado muy muy en serio eso de ganarás el pan con el sudor de tu frente, es decir, con la pringue de tus impuestos, tasas y alcabalas. Aquí hay que pagar hasta por asemejar nuestros disgustos a los brincos de una cabra. Pero eso sí, hemos progresado en la historia humana: se ha perfeccionado el látigo del capataz. Ahora el látigo es la diferencia entre lo que nos dicen en la televisión y la radio, y lo que nos hunden en la realidad. 

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