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Desde la periferia

Monseñor Romero

 

Monseñor Romero -

Todo silencio, cuando de verdad es silencio, termina por hablar. Casi cuatro décadas han pasado desde la muerte del apóstol de los pobres, del profeta de la liberación, del mártir del pueblo. Lo que algunos no saben o no han comprendido aún es que el silencio, aunque comience siendo impuesto y represor, tiene la capacidad de convertir lo tenso en denso.

Y eso ha terminado pasando con Monseñor Romero. El silencio que se impuso tras su muerte, y en cuya responsabilidad tendría mucho que decir no solo y aún el ejército Salvadoreño sino, y lo que es más grave, el Vaticano, ha terminado por estallar en palabras de libertad, de esperanza y de auténtica Santidad. Por fin han hecho santo a Óscar Romero, por fin, aunque lleva siendo santo hace muchos años porque la Santidad no es un título que se otorga en un despacho sino que te lo concede un pueblo, su gente, los salvadoreños en quienes el mismo Romero afirmó que resucitaría si lo mataban.

Él sabía que acabaría asesinado. Ha tenido que ser con el pontificado de este Papa Francisco, quien parece que se ha empeñado en revolucionar, entre otros asuntos, el paradigma de la santidad en la Iglesia. Y no ha sido fácil. Hasta hace muy poco ha estado recibiendo enormes presiones, sobre todo, desde el interior de la curia Vaticana, para que Romero, el pastor del pueblo, no llegase a los altares, o mejor, que su sangre derramada un 24 de marzo de 1980 no vistiera de rojo el altar de los pobres, la mesa donde se reúnen los verdaderos seguidores de Jesús de Nazaret.

Elevar a Monseñor Romero a la santidad tiene un profundo significado dentro del devenir histórico de la Iglesia Católica. También lo tiene la canonización del Papa Pablo VI con la única diferencia de que sus gestos importantísimos, sobre todo de diálogo interreligioso, lo fueron en su época y ahora ya nos parecen algo anticuados. En primer lugar, significa otorgar carta de ciudadanía definitiva a la Teología de la Liberación, tan denostada, devastada y mal interpretada por las altas esferas Vaticanas en los pontificados de Juan Pablo II y más aún del Cardenal Ratzinger y que condenó al ostracismo a una cantidad importante de teólogas y teólogos desde la primera Conferencia de Medellín de la que ahora se cumple el medio siglo. Romero llamaba a la Revolución, por supuesto que sí, pero no a empuñar armas que matan sino a recuperar el sentido de la Justicia distributiva, concepto que hoy se me antoja fundamental y con el que nos jugamos el futuro más inmediato de nuestra propia historia como seres humanos. «Aún cuando se nos llame locos, aún cuando se nos llame subversivos, comunistas y todos los calificativos que se nos dicen, sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas, que le han dado la vuelta a todo para proclamar bienaventurados a los pobres, bienaventurados a los sedientos de justicia», dijo en mayo de 1978, dos años antes de morir. En segundo lugar, con la llegada de Romero al altar de los santos se tiene que ir produciendo progresivamente un cambio en el paradigma teológico actual de la Iglesia Católica en busca de un sentido profundo de igualdad y me refiero en concreto ahora al papel de la mujer en el seno de esta misma Iglesia, para quien el pastor salvadoreño pidió en innumerables ocasiones la recuperación de su dignidad en un mundo y en un catolicismo absolutamente patriarcal que aún hoy sufrimos. «Cada uno de nosotros tiene que ser devoto enardecido de la justicia, de los Derechos Humanos, de la Libertad, de la Igualdad», afirmó en una homilía el 5 de febrero del mismo año que anteriormente hemos citado.

Ojalá este nuevo santo traiga nuevos aires y transformaciones reales en algunos sectores de la curia vaticana empeñados en seguir mirando al mundo desde un pedestal que me resulta absolutamente indigno para quien se llame a sí mismo seguidor de Cristo.

* Profesor de Filosofía @AntonioJMialdea

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