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Hoy

Miguel Ángel

 

Miguel Ángel Blanco. Veinte años asesinado día a día a manos de una sociedad que manchó para siempre su historia por haber cogido el camino de la violencia para vengarse de la ensoñación de la injusticia que había cometido la sociedad anterior contra sí misma. Así, dicho sin respirar; sin una coma. La Historia de la infamia escribe en sus páginas con estos retorcimientos. Su tinta está hecha de sangre humana. La confusión que crea la tiniebla. Las autoproclamadas víctimas, convertidas en verdugos. Una sociedad que se otorga a sí misma el derecho de la venganza. Los corderos, convertidos en lobos. Reían y celebraban sus matanzas. Hasta a esa indignidad llevaron su violencia. Ya, cada vez que esa sociedad lea el libro de su Historia, no podrá eludir esa página manchada con la sangre de tantos inocentes. Y no habrá lugar en sus conciencias para esconderse. Tendrán que depender para siempre del perdón de sus víctimas, y así hasta el infinito. Una sociedad que no pudo engendrar en su seno líderes como Gandi, Luther King, Mandela. No pudo; era imposible; a su rincón neolítico de brumas y montañas no podía llegar la lección que esos personajes aportaron a la historia de la humanidad, y por la cual veinte siglos antes había muerto Cristo, el verdadero, y no el que se inventaron para bendecir su fiesta de matanza. Pero la violencia es un monstruo que acaba devorándose a sí mismo. Por eso nunca les habremos agradecido suficiente a las víctimas de ese aquelarre el no haber respondido a la violencia con la violencia. La grandeza de un ser humano y una sociedad está en que cuando tiene todas las justificaciones para responder con la violencia, elige sin embargo el camino de la reconciliación. El amor y el perdón son las manifestaciones más sublimes de la libertad. Por eso, cuando un ser humano o una sociedad eligen ese camino, la humanidad da un paso hacia la luz, un gran paso, aunque nadie lo vea, y una vez más resuenan en todo el Universo las palabras del evangelista Juan: «Una luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la ha apagado». Las víctimas descansan ya en su sacrificio de amor. Para los verdugos empezó un largo, largo camino de expiación, porque la ensoñación de su venganza se volvió contra ellos convertida en la violencia que se inventaron.

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