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EN MEMORIA DEL DOCTOR SANCHO LOBO

 

ANTONIO AvilaANTONIO Avila 06/10/2006

El pasado 30 de septiembre tuvo lugar, en Castro del Río, un acto muy emotivo para los que tuvimos la oportunidad de estar presentes, como creo que fue el descubrimiento del rótulo, con el nombre del Dr. Sancho Lobo , en una calle de nueva creación. Ya que algunos de los asistentes eran muy jóvenes y no pudieron conocer a quien contribuyó a la reconstrucción del pueblo en los aspectos sanitarios, sociales y culturales, pretendo con este modesto escrito hacer una breve semblanza de su figura para intentar acercarles un poco al personaje y, sobre todo, sumarme al homenaje que tan merecidamente la Corporación Municipal ha querido hacerle en reconocimiento de gratitud por haber ligado su existencia, durante un periodo largo y difícil de la historia de Castro, mejorando la calidad de vida de mis paisanos.

Recién terminada la Guerra Civil y en una localidad que había salido tremendamente traumatizada por la contienda, llegó este gaditano infatigable e inquieto para instalarse provisionalmente, pero las circunstancias y la buena acogida le obligaron a demorar su marcha hasta avanzada la década de los sesenta, razones familiares le empujaron definitivamente a Madrid, ciudad donde se jubiló y en la que murió.

Don Manuel Sancho , además de poseer los títulos de forense y ginecólogo, ejerció la medicina general y con ella una diversidad de especialidades, de forma que lo mismo asistía a un parto que enyesaba un brazo roto, una pierna o trataba cualquier lesión de la vista, oídos, corazón, pulmón, etc, todo ello, por supuesto, con bastante eficiencia a pesar de contar con escasos medios: una simple pantalla de rayos X, sus manos y poco más. Era, en consecuencia, un buen médico rural, un hombre bondadoso, entrañable padre de familia, eficaz administrador del tiempo, de sus recursos y hasta del espacio, pues nadie puede imaginar la cantidad de personas y cosas que era capaz de meter en un Seiscientos.

Respecto a las aficiones preferidas de este eminente doctor cabe decir que, cuando se lo permitía el abrumador trabajo, las repartía entre los viajes, la filatelia, el cine, el teatro (llegó a escribir pequeñas comedias que él mismo dirigía para amenizar fiestas de Acción Católica en el patio de la parroquia de la Asunción). También le gustaba el fútbol, siendo su equipo preferido el Real Madrid, color que a más de uno nos contagió por el apasionamiento que ponía viendo jugar a Puskas , Di Stéfano , Gento y cía. No obstante, la actividad en la que más mimo ponía era en el espectacular belén que todos los años montaba en un salón de su casa de la calle Corredera y que, aún hoy, los compañeros de mi infancia mantenemos como uno de los mejores recuerdos de la Navidad, sin menospreciar, claro está, los tiernos despertares con las voces del coro de la Aurora.

Pero en lo que más destacó por su singularidad y talento fue ejercitando la medicina por la que sentía una profunda vocación y que, para desempeñarla con eficacia, se preparaba concienzudamente --fue un perpetuo estudiante y estudioso-- a fin de estar al día. Me consta que en muchas ocasiones, sobre todo cuando atendía a las parturientas del antiguo hospital hoy transformado en una residencia muy confortable para la 3 edad, en más de una ocasión fue ayudado por otro excelente profesional sanitario de su época, el practicante Antonio Pinillos .

Su capacidad emprendedora sumada a firmes creencias religiosas y actitud de servicio con los necesitados le llevó a asumir de forma voluntaria y altruista la dirección del Secretariado de Caridad que había en la calle Ancha, institución que atendió las necesidades de ropa, comida y medicamentos de muchos pobres, ancianos y enfermos. Fue, ciertamente, un remedo de la incompleta Seguridad Social, pero a falta de otra cosa muchos del pueblo apoyaron para tratar de paliar las desgracias de los desamparados.

Finalmente, no me resisto a contarles una anécdota aunque me puedan tachar de indiscreto, porque entiendo que con ella se puede vislumbrar mejor el rigor de sus actuaciones profesionales y la fidelidad que el doctor Sancho mantuvo a lo largo de su vida al juramento hipocrático, lo que le ocasionó algunos problemas como el que ahora desvelaré:

En su etapa de forense en Madrid, estando de servicio en los Juzgados de la Plaza de Castilla a finales del año 1.968, recibió una llamada telefónica desde el Palacio del Pardo anunciándole que un poderoso y manipulador pariente del General Franco quería hablar con él. Efectivamente éste se puso al teléfono y como estaba empeñado en emular la hazaña del doctor Christiaan Barnad , el cirujano sudafricano que pasó a la historia por realizar el primer trasplante de corazón, pretendía que el doctor Sancho firmase un certificado de defunción sin reconocer previamente al cadáver bajo el protocolo que hasta entonces se tenía para asegurar la muerte de las personas. Su negativa provocó la cólera del marqués y sirvió para que otros forenses adoptasen la misma postura ante futuras llamadas del Pardo, así como para que los expertos y la sociedad científica, en general, acelerasen la tramitación de la ley 30/1.979, de fecha 27.10.79 (la primera ley de trasplante), instrumento jurídico que permitió desarrollar los programas de trasplantes en nuestro país que tantos beneficios han aportado a miles de ciudadanos. Por todo ello, mi enhorabuena a Castro del Río, por ser un pueblo de gentes honradas, nobles y agradecidas.

* Presidente de Alcer

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