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Tormenta de verano

Mártires

 


La historia tiene una memoria imborrable, lo recoja o no el Boletín Oficial del Estado, por mucho que algunos quieran secuestrar el relato. Llena de surcos y nombres, de grandes vilezas y hechos gloriosos, de sacrificios diarios de personajes anónimos que pocas veces trascienden el círculo de quienes los conocieron. Ya escribía Ernesto Sábato, el autor argentino de Sobre héroes y tumbas, que no se puede vivir sin héroes, santos ni mártires.
En este mes de noviembre en que Córdoba rinde tributo y memoria a sus patronos Acisclo y Victoria, hermanos martirizados por su fé cristiana bajo el imperio romano, el Papa Francisco acaba de firmar el llamado decreto de martirio de los 127 mártires de Córdoba que fueron asesinados durante la Guerra Civil por el odio de quienes castigaron la coherencia de vida y fe de aquéllos. Un momento de júbilo, en palabras de nuestro obispo, Demetrio Fernández, una lámpara en la que brilla el ejemplo de un amor hasta el extremo y el perdón a los verdugos. Córdoba es tierra de mártires, lo sabemos bien. Y este es un ejemplo y un mensaje que no pasa nunca.
Es verdad que todas las guerras donde quiera que sean destapan lo peor del ser humano, da igual el bando o la bandera. Por eso es importante recuperar la memoria histórica, toda en su conjunto, esa que no se manosea por las ideologías, sino que tiene nombres y hechos, datos y certezas. No para buscar culpables, ni revivir afrentas, sino como en este caso, para reconocer la ejemplaridad de estos paisanos nuestros que fueron víctimas del odio y la intransigencia que, desgraciadamente, no pasan de moda. Recientemente, el propio Papa Francisco alertaba al presidente del Gobierno del peligro de la polarización de la sociedad, de la dictadura de las ideologías, del pensamiento único. No se puede gobernar desde la división, contra una parte de la población ni de sus derechos, sino a favor de todos desde el respeto a la pluralidad y las legítimas opciones de cada uno.
Los mártires de Córdoba lo son por la fidelidad a sus creencias, pero también nos evocan toda esa buena gente abnegada y anónima que camina junto a nosotros, con opciones muy distintas a las nuestras, pero con la misma dignidad y legitimidad. Amor hasta el extremo de todas esas madres y padres que lo dan todo, sin reservas, por sus hijos. O los profesionales sanitarios que no escatiman por sacar adelante su cometido en estos momentos de pandemia. O quienes lo dan todo por un noble ideal de servicio. Pero también nos recuerda la frágil línea que distingue el amor del odio, la convivencia del enfrentamiento. Y nos debería de servir como reflexión para saber cuál de las dos estamos alimentando en estos tiempos convulsos e inciertos. Si hay mártires es porque existen verdugos. No pasemos inadvertidos por esta proclamación que llevará a la beatificación y reconocimiento de estas decenas de creyentes, lo seamos o no. Como decía Oscar Romero, el arzobispo asesinado en El Salvador, que la sangre de estos mártires, y la de tantos otros que hay en los caminos de la historia, sean semilla de libertad y señal de esperanza.


* Abogado y mediador

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