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Cielo abierto

Mártires de la democracia

De los asesinatos de los abogados de Atocha a los de Miguel Ángel Blanco y Gregorio Ordóñez

 

Mártires de la democracia -

Siempre he imaginado la mañana del lunes 24 de enero de 1977 muy parecida a la de este viernes, 24 de enero de 2020: fría y gris, áspera y de cuarzo en la respiración del aire líquido. Siempre he pensado en aquella semana terrible de enero de 1977 como en un invierno exasperado, con su amenaza intacta para todos los hombres y mujeres que estaban trabajando por la transición a la democracia. Seguramente los árboles estaban tan pelados como ahora y el cielo lucía blanco, con un brillo interior que restallaba sobre el humo macizo de las calefacciones. La realidad pesaba, era una realidad con los secuestros de Antonio María de Oriol y del teniente general Villaescusa por un comando de los Grapo, pero también por los asesinatos del estudiante Arturo Ruiz, el 23 de enero, a manos de un pistolero de la ultraderecha, y, al día siguiente, de Mari Luz Nájera, en la manifestación de protesta por la muerte de Arturo Ruiz. A Mari Luz Nájera se le descerrajó un bote de humo en la cabeza que le destrozó la cara, la dejó en coma y la mató. Y esa noche un comando de extrema derecha irrumpió en un despacho de jóvenes abogados laboralistas de Madrid, militantes del Partido Comunista. Fueron asesinados Luis Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Enrique Valdelvira Ibáñez, Serafín Holgado de Antonio y Ángel Rodríguez Leal, y resultaron gravemente heridos Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos Pardo, Lola González Ruiz y Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell. Fue en la calle Atocha, número 55, y España tembló.

Se llamó el atentado de Atocha, del que este viernes se ha cumplido el 43 aniversario. Nada menos que una vida, que a final es también la edad de quien les está escribiendo y la de todos los que nacimos más o menos en aquella época, tras la muerte de Franco, entre las primeras invocaciones de la democracia. Tras el referéndum, el Gobierno de Adolfo Suárez había promulgado la Ley para la Reforma Política y por primera vez nos parecía, como en el famoso cuadro de Eugène Delacroix, que la libertad guiaba al pueblo. Luego hubo otro cuadro, que es el símbolo de la Transición: El abrazo, de Juan Genovés, con todos esos cuerpos abrazados de espaldas, con gabardinas y abrigos entre tonos cobrizos, caminando unidos hacia una inmensidad blanca. Un póster de ese cuadro estaba sobre una de las paredes del despacho de Atocha y acabó convertido en el símbolo de los abogados. Gente joven y valiosa que trabajaba defendiendo el eslabón más débil en la cadena del trabajo: a los obreros, aunque también defendían a presos políticos -cuando de verdad lo eran- ante el Tribunal de Orden Público, el famoso TOP. Gente que cada año, en este aniversario, es recordada en la plaza de Antón Martín, en Madrid, cerca de donde estaba el despacho, donde queda la placa emocionante con todos sus nombres.

El otro día en un documental sobre Miguel Ángel Blanco preguntaban a un grupo de estudiantes universitarios si sabían quién fue. Parecían con buena actitud y una cierta apariencia de interés, pero el único que conocía vagamente el nombre de Miguel Ángel Blanco tampoco sabía cómo ubicarlo. Así que del famoso «Espíritu de Ermua» que atravesó España, nada, y del asesinato de Gregorio Ordóñez, del que se han cumplido 25 años esta semana, menos todavía. Y me imagino que si les preguntas por el crimen de Atocha, en el 77, a los más informados, como mucho, les sonará de algo el 11-M.

Los asesinatos de los dos políticos del Partido Popular tienen una conexión con el atentado contra los abogados de Atocha, más allá de que el de Ordóñez, como Atocha, fueran en enero: el convencimiento de que la única manera de cortar el discurso de gentes que trabajaban por sus comunidades, la libertad y la democracia, era el tiro de frente, como a los abogados, o en la nuca, como a Ordóñez. También tienen en común el espanto y la indignación que generaron; pero, especialmente y además, que con el tiempo les aguardaba el mismo olvido, que nos degrada como sociedad y construcción democrática.

Sin embargo, España está hoy tan politizada -no: polarizada- que nadie relacionará estos crímenes: porque unos mártires lo son de la derecha, y otros de la izquierda. Claro que hay matices de distancia entre unos y otros, pero no podemos olvidarlos. Precisamente la democracia tiene que enseñarnos que, ante cierto tipo de barbarie. solo cabe un lado: el de las víctimas. Y esta democracia que ahora disfrutamos, con las imperfecciones diarias que padecemos, ha sido levantada con la sangre de todos.

* Escritor

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