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ENTRE VISILLOS

Mariposas para Las Palmeras

Todo sea por ilusionar a los vecinos y borrar la exclusión social que los estigmatiza

 

Rosa Luque Rosa Luque
29/10/2020

La Universidad de Córdoba se ha puesto al frente de un proyecto europeo de investigación que, con 2,5 millones de euros a invertir a lo largo de cinco años en la ciudad, está destinado a la integración urbana y social y a mejorar la salud de los ciudadanos, y más concretamente de los vecinos de Las Palmeras. El objetivo de este plan denominado Inhabit, en el que también participan el Ayuntamiento y la asociación de vecinos Unión y Esperanza, es revitalizar la zona, que buena falta le hace, y conectarla más con Córdoba. Desde luego es una buena noticia si se consigue con ello, como se pretende, ofrecer oportunidades a los habitantes del que estadísticamente está considerado el cuarto barrio más pobre de España, en una ciudad que se halla entre las cinco con más paro de todo el país.

No es la primera vez que se barajan proyectos para Las Palmeras -o Palmeras a secas, que, vaya usted a saber por qué, hay quienes ven en el olvido del artículo un signo de rehabilitación social-. Incluso se han llegado a anunciar planes integrales para sacar al barrio de su pobreza y marginalidad, sin éxito hasta el momento. La novedad es que esta propuesta de la UCO -seleccionada por la UE junto a la de otras cuatro ciudades de Italia, Eslovenia, Letonia y Bogotá manifiestamente mejorables- llega de la mano de la ecología, uniendo la investigación social al cuidado del medio ambiente. Así, aparte de integrar aplicaciones para el móvil, modelos de participación de género y diseño arquitectónico, se pretende crear un corredor verde libre de emisiones de carbono en una de las márgenes del canal del Guadalmellato que, pasando por la barriada, llegue hasta Medina Azahara. Y hasta se habla de espacios de bienestar como un jardín de aromas y un área de mariposas.

En fin, un sueño hecho realidad si se consigue al menos una mínima parte de lo que pretenden sus promotores, que presentan la idea como «un proyecto de ciudad» extrapolable a otras barriadas desfavorecidas, también con acceso limitado al bienestar y la salud, una vez que se hayan visto resultados en esta. Y aunque no parece que los vecinos estén para muchas mariposas, como no sea las del estómago, todo sea por ilusionarlos y borrar la exclusión social que los estigmatiza desde que, a principios de los años sesenta, se levantaron las «casitas portátiles» como solución urgente para alojar a familias afectadas por la riada de 1963 y otras carencias de vivienda. Tres décadas duraron aquellos albergues provisionales en los que, entre economía sumergida, paro, delincuencia y droga, se fue gestando el sino de los habitantes de Las Palmeras, luego alojados en bloques cuarteleros de ladrillo visto cuyos inquilinos se enfrentan cada mañana a una durísima lucha por la supervivencia.

Un estudio de la Universidad Loyola, junto a la Fundación Cajasur, ofrecía un diagnóstico socioeconómico del barrio desolador: una pobreza endémica derivada de la elevada tasa de desempleo y la desinformación sobre los mecanismos para la búsqueda de ocupación, y el abandono de los estudios en un ambiente de falta generalizada de formación. A esto se une otro factor que azota a los vecinos y es el sentirse señalados por el resto de sus conciudadanos como barrio conflictivo, lo que les resta oportunidades laborales y zarandea su autoestima. Todo ello ha ido aislando a Las Palmeras, convirtiéndolas en un gueto de muy difícil salida y en un símbolo de fracaso colectivo de la ciudad del que todos somos culpables. Con o sin mariposas, urge una solución.

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