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Caligrafía

Mantra

 

El pasado 25 de julio se presentó, por fin, El Hambre , de María González. El acto estaba organizado por Ostin Macho y Omundo, las dos omegas entre las que el barrio de San Juan -la glándula del talento del centro- sigue alumbrando artistas. Allí estaban el público y otros poetas, las Converse blancas, las Beatnik negras, los vaqueros, los tatuajes, los cafés con hielo. Omundo sigue siendo el café al que ir a leer, escribir o bailar Lindy hop, o sea, una trinchera de estetas. En esta columna voy a usar cada palabra con mucho cuidado. Escribo trinchera porque pienso que los poetas -no la poesía, los poetas- están en guerra permanente con el idioma, la salud, los poderes y el hambre. El título del libro es realmente una declaración de guerra. Tú eres el enemigo, Hambre. Lo que hago lo hago por ti o para saciarte. Un poeta es algo delicado y serio que sirve para producir poesía, y la poesía, como todo lo más o menos inmortal, es ajeno a la sociedad. Hemos tenido mil ensayos tribales y la poesía sigue siendo la misma desde que se escribió en arcilla el poema de Gilgamesh, hace más de cuatro mil quinientos años. Los poetas anudan una cuerda de tiempo que une el primer pensamiento con la extinción humana, y eso los hace inútiles para el poder. El poder es presente y perecedero.

Hay un poema terrorífico en el libro. Página 15, Mantra . Dice: «La validez está en decir: Yo soy mediocre». Vamos a encadenar el poema a la mesa y a seguir sus venas, abriéndolas con la pluma y empapando directamente el plumín. Dice que la validez está, no que la validez sea. La poeta se ha puesto a buscar algo y cree haberlo encontrado. Cree que es la validez, es decir, la corrección, es decir, la conformidad a una regla. El poema dice realmente: «Lo que me da permiso para escribir es decir: Yo soy mediocre». Y ese mantra (esa idea que invocará constantemente mientras escriba) va en cursiva, como una lengua arcana o muerta. Es un conjuro, claro. Yo (la que escribe) soy (es mi naturaleza desnuda que acepto) mediocre. Y mientras lo esté diciendo, mientras me flagele, el esternón de la poesía se volverá blando, y podré hundirle los dedos y enterrarle junto al corazón el dolor que yo quiera. González miente, porque no necesita permiso de nadie.

En decir «Yo soy mediocre» no está la validez, sino la libertad. La gente con talento no es libre, es la más esclava. El talento es el escalpelo con el que la gente con ideas tiene que extirpárselas, frente al espejo y sin adormecerse, y a ser posible sin desangrarse. Claro que es libre el mediocre. También se le convierten en tumores terminales las ideas y le sirven de sudario.

Me gusta mucho una frase de Eloy Tizón, de la Velocidad de los Jardines : «Sé que mientras estoy escribiendo no puedo morir». Creo que González, en El Hambre , expone lo contrario. Mientras estás escribiendo poesía, o en un escenario, o teniendo 15, 20 o 30 años (otra forma de poema), puedes morirte perfectamente. Que la muerte nos halle libres.

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