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Hoy

La inconsciencia

 

Cuatro años llevaba sin poder oír música, sobre todo las sinfonías de Beethoven, y en concreto el segundo movimiento de la Heroica; y creo que en los años que me queden no soportaré volver a escuchar jamás la ópera Carmen. La música era toda mi vida. Ahora, estos días y sus noches de soledad me han permitido volver a ese mundo desde mi infancia y en mi Conservatorio. De pronto me he atrevido a asomarme a los conciertos de Vivaldi, las cantatas de Bach, los conciertos para clarinete, oboe, flauta de Mózart... Pero tras estos años en su triste silencio, no me puedo creer esas melodías en medio de la violencia de este tiempo. ¡Me resultan tan inocentes en este mundo oscuro en el que hemos desembocado pero que ya veníamos preparando desde hacía unas décadas, esclavos de ese objeto diabólico que llamamos móvil y de esas redes sociales, que más bien son telas de araña en las que nos hemos hecho prisioneros! Escribo en este Jueves Santo que jamás nos pudimos imaginar así, porque no queríamos ser conscientes del monstruo que engendramos. Hace un mes aún lo negábamos. Ahora miro para adelante y me pregunto: ¿Nos olvidaremos de valorar lo que habíamos perdido? Yo, después de la experiencia, creo que sí. Lo siento; mi pesimismo se ha formado por haber sufrido durante tantos años la deshumanización de nuestras relaciones, cada vez que veía a alguien ante otros, con unos auriculares; cada vez que alguien me mentía con su amor o su amistad, y me anulaba por atender una llamada del móvil o un mensaje; cada vez que nunca había tiempo para hablar sin reloj, y metimos la vida en una inmensa mentira virtual, porque el tiempo lo hemos encajonado en el continuo egoísmo de consumir, de estar en todos sitios y no estar en ninguno; en la continua traición para nosotros mismos y para los demás. Traicionamos a nuestra pareja, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros amigos, nuestra naturaleza, nuestra conciencia. Y nos mentimos hasta en creer que eso podría seguir así para siempre, porque nos creímos dioses. Ahora padecemos el mismo encierro y las mismas distancias que ya veníamos practicando desde hace años, y nos quejamos de lo que antes nos hacíamos y le hacíamos a los demás; ahora ya no somos dioses de nada, sino pobres hormigas aisladas,

* Escritor

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