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Caligrafía

Fuego

 

Qué se sentirá al enfrentarse a un momento que requiere ser un orador de talla mundial, una vida de preparación, y exhalar entonces un lugar común, sonriente e inconsciente -¿de qué se ríe?-, incapaz de discernir que tras una larga existencia de intrascendencia por fin se ha abierto una puerta minúscula a la gloria, y quedar babeante ante ella, la mediocridad como un puño gigantesco que te aplasta. Agnus balat. Qué se sentirá al ver que se pide fuego y aparece el fuego, como un sortilegio, a qué sabrán las palabras en la lengua entonces, cómo te estirará el poder los huesos. ¿Creerá, como cada triste imbécil que vende su alma, que el demonio que se invoca puede ser después engañado o domado, que será un siervo, que recompensará? Los demonios tan solo seducen hasta que empieza la tortura.

Qué se sentirá en el corazón al comprobar, los brazos aún doloridos, que has descargado una porra en los riñones del que pretendía apagar el mismo fuego que tú, o comprar el pan, o gritar sus ideas en alto y desarmado. ¿Habrá arrepentimiento, un momento de duda? ¿Sentirán un acceso de vómito los que rodean a una policía en el suelo y la patean como si no fuera carne y sangre, o es tal la convicción en su violencia que el sueño les limpia la vergüenza? ¿Sienten la estupidez infectarles el cerebro como un cáncer terminal los que se fotografían las cucamonas en el caos? ¿Qué cruza la mente del que entre cargas de antidisturbios juega tranquilamente a pasarse una pelotita con sus amigos, el fuego a un lado y las trincheras a otro; o se pasea haciendo piruetas en bici, o se encara con la rectora de una universidad pretendiendo una huelga de inteligencia?

Qué se sentirá al adoptar la estética revolucionaria, su superficie, sin el menor valor ni coraje, dañando a tus iguales en vez de jugarte el tipo y morderle el cuello al poder. Qué se sentirá al pensar que el patrimonio del honor es tuyo por ponerte un uniforme, y que un uniforme es un bando y que un ciudadano es un enemigo. No es una guerra, no hay enemigos, no hay bandos. Qué se sentirá al hervir a un grado más el agua en el que tendremos luego todos que meter las manos --en las discusiones, en los juicios, en los artículos, en las leyes--. Qué se sentirá al creer que es uno el que traza la línea de lo que es pueblo, mientras los palcos del Liceo, las muñecas adornadas con años de sueldo de un policía nacional, piden libertad.

Qué se sentirá ante la evidencia de que a uno le han enseñado mentiras y las ha creído porque es fácil creerse que uno es especial. Qué se sentirá al robar un televisor mientras a quinientos metros un puñado de policías resisten solos una lluvia de piedras, clavados en el suelo cumpliendo con su deber.

Cómo pesará en el sueño haber dejado una ristra de cadáveres para tener el poder y mostrar, en los momentos de necesidad, la total ineptitud para ejercerlo. Qué sentiremos cuando el fuego se apague, apartemos la vista del abismo, y quedemos a solas con lo que somos de verdad.

* Abogado

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1 Comentario
01

Por vecino 12:24 - 22.10.2019

Bien saben los historiadores y los estudiosos sociales -y mucha gente lista que no estudia nada pero tiene dos dedos de frente- que los conflictos urbanos obedecen, con sus contradicciones, sus grandes aportaciones y sus crueldades, a profundos malestares originados por lacerantes injusticias de nuestro tiempo. Pregonar que vivimos en el mejor de los mundos posibles acaso enturbiado por los inadaptados del Komando Kaputxa es la mejor manera de engañar a los demás y engañarse a uno mismo. Quien así pregone sabrá por qué lo hace.