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A pie de tierra

Una forma de vida

Los patios cordobeses no son, ni deben ser, una simple escenografía

 

Una forma de vida -

Desiderio Vaquerizo Desiderio Vaquerizo
15/02/2019

En noviembre de 2018 tuvo lugar en Córdoba el I Congreso Internacional sobre los patios, en el que investigadores de disciplinas muy dispares reflexionaron sobre las singularidades de tan particular seña de identidad y los efectos sobre ella del turismo masivo a partir sobre todo de la declaración de su fiesta en 2012 como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Las conclusiones del mismo se presentaron en acto público el 7 de febrero. Los organizadores del mismo querían someterlas a debate porque saben que es tema complicado y de difícil resolución, al menos desde un cierto consenso; de ahí quizás su tono excesivamente comedido. Hablo de un tesoro histórico y etnográfico, con valores ligados a lo urbanístico, lo social, lo humano, lo tradicional y, por supuesto, lo propio. No entraré ahora en su origen o el papel que desempeñan en nuestra cultura porque ya hablé de ello en otro momento, pero sí que quiero exponer aquí algunas consideraciones que entiendo de enorme trascendencia.

Los patios son parte indisoluble de nuestro paisaje urbano; por puro determinismo climatológico, pero también cultural, integran la imagen de Córdoba como ciudad desde casi su aparición en la historia; pero no todos son lo mismo, ni comparten exactamente sus funciones. Nada tienen que ver los señoriales con los de vecinos, ni en morfología, ni en estructura, ni tampoco en origen, desarrollo o concepción. De ahí que no puedan ser unificados. Del mismo modo, cuando desde el punto de vista patrimonial se obliga a quienes reforman o construyen sus casas a mantener un tanto por ciento del suelo para estos espacios abiertos que ejercen de corazón palpitante de las mismas, se les exige que respeten la estructura arquitectónica, pero nada garantiza que también los usos; y la declaración de la Unesco afecta a los valores inmateriales, es decir a un modo de vivir, de sentir y de enfrentar la existencia, a ese fondo común que nos define y que las instituciones encargadas de conceder tan alta distinción supieron identificar. ¿Cómo compaginar con ella que muchos establecimientos destinados al ocio recurran a la imagen del patio como reclamo con base en el más puro pintoresquismo, mientras otras expresiones de genuina autenticidad se arruinan? Los patios cordobeses no son, ni deben ser bajo ningún punto de vista, una simple escenografía; insisto: constituyen una forma de vida, y su fiesta un ejercicio de altruismo y socialización en la que sus propietarios, a los que sería necesario incentivar para que tal acto de generosidad no les resulte gravoso propiciando de paso el relevo generacional, abren los centros neurálgicos de su día a día para que puedan disfrutarlos el resto de sus conciudadanos; de ahí la delicia que representaba poder visitarlos con calma, escuchar a sus cuidadores, compartir con ellos aire, aromas y también, en ocasiones, un fino entre rasgueos de guitarra. Privilegio que yo diría perdido para siempre, vistos los derroteros que han tomado las cosas. Es de sobra conocido que Córdoba, como tantas otras ciudades del mundo, sufre cada año una verdadera invasión; gran éxito sin duda desde el punto de vista de su promoción como destino, pero ruina en toda regla por lo que supone de conculcación de su espíritu. Ya no hablo solo de la gentrificación salvaje que ha acabado desde los puntos de vista social y antropológico con el entorno urbano de la Mezquita, donde apenas queda algún vecino residente, sino de lo que ello representa para la evolución de un centro monumental sometido a la más cruel solución de continuidad de su historia en beneficio de no se sabe muy bien qué. La ciudad ha decidido apostar por la hostelería y el turismo como única cruz de guía, pero yo invitaría a la reflexión sosegada sobre el beneficio que todo ello pueda estar reportando y la transformación radical que comporta. Bastará que un día malhadado el turismo nos vuelva la espalda para que la burbuja explote y nos deje como único legado un centro histórico vacío como cascarón de huevo, con todas sus consecuencias.

Amo a Córdoba como se quiere a la tierra, a la madre, a la hembra capaz de darlo todo en la misma medida que lo recibe, y me duele constatar cómo se dirige hacia ninguna parte, cegada por los brillos mudables del oro; una ciudad que despierta la admiración rotunda de quienes la visitan, y que reúne todo para ser perfecta. Tenemos, pues, la obligación moral de hacerla cada día mejor, pero estamos errando el camino a golpe de disfraz y de renuncias. Tal vez sea esta la Córdoba que quieren los cordobeses, incluso la que desean ver los turistas, pero de seguir así terminará por parecerse muy poco a la auténtica, a esa que despierta desde hace siglos ecos de admiración y de pasión en el mundo, extraviada para siempre por el camino su esencia milenaria.

* Catedrático de Arqueología de la UCO

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