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Cosas

Educandos

 

Miguel Ranchal Miguel Ranchal
24/11/2020

Imagínense que vamos a crear un gráfico en una tabla Excel, incorporando una doble variante de datos. Por un lado, introducimos esta serie de factores: 1812, 1834,1837, 1845, 1869,1876,1931, 1978. Y por otro, la siguiente retahíla de siglas: Loece, Loede, Logse, Lopeg, Loce, Loe, Lomce, Lomloe. El lector avezado habrá comprobado enseguida que la primera variable corresponde a las Constituciones españolas, mientras que la segunda es la interminable ristra de Leyes Orgánicas de la Educación. En cualquier caso, el cruzamiento en dos ejes de estos datos nos ofrece unos hermosos dientes de sierra, ese carajal de aspavientos tan al gusto de la condición patria.

Y aquí una noticia buena y otra mala, como el chiste de los remeros del César. La buena es que el atragantamiento constitucional se ha ido ralentizando. La mejor noticia de la consolidación del Estado de Derecho es la longevidad de nuestra Carta Magna. El mayor tiempo de convivencia bajo parámetros democráticos, ya que la del 76 fue papel mojado casi desde su promulgación, con el caciquismo y pistolerismo de por medio, amén de embucharse la dictadura de Primo de Rivera. La mala es que las cesantías decimonónicas y todo el revanchismo de las dos Españas se han concentrado en la Educación, el avatar donde se evitan tragedias fratricidas y supuestamente se gallean irreconciliables planteamientos ideológicos. Y digo supuestamente porque en el fondo lo que está en juego es la perduración en el poder, empollando los huevos en el nido para que la instrucción nunca renuncie a su miaja de dogmatismo.

Esa es nuestra tremenda paradoja: esa obsesiva fijación en la prelación del sistema educativo. Tanto nos preocupa que, siempre a la primera, lo utilizamos como moneda de cambio. Ergo no existe una estabilidad en los Planes de Estudios y la consiguiente deriva que nos arrastra al furgón de cola en un análisis comparativo con otros países. La Lomloe ya tiene una oficiosa fecha de caducidad: la llegada de Casado a la Moncloa será para esta Ley Orgánica lo mismo que para el pavo el sonido de la zambomba. Y esta turbulencia continua en las aulas solo se compensa con el voluntarismo de la comunidad docente.

No es cuestión de derogar, sino de concordar. Bienvenidos sean los mecanismos de compensación a la enseñanza pública y al pleno desenvolvimiento de todas las lenguas del Estado. Pero ello no significa estigmatizar la enseñanza concertada ni instrumentalizar políticamente el castellano, cuya desprotección puede ser tomado como una afrenta patriótica, pero sobre todo como una torpeza curricular, dado su carácter expansivo en todo el orbe. Bienvenidos los nuevos itinerarios formativos, no así los postulados que debiliten la ética del esfuerzo. La igualdad de oportunidades no puede asentarse en el raseo de calificaciones; en la propia desmotivación para el que se esmera enviando el mensaje de que, para el final de curso, todo está escrito. También hay que desactivar los prejuicios religiosos. Este es un Estado aconfesional que tiempo ha emprendió una larga marcha para no estigmatizar escatologías bajo palio. Pero no se puede decapar el derecho de los padres a ofrecer un credo religioso que armonice con los principios fundamentales de un Estado de Derecho. Ni la omnipresencia de mastabas o crucifijos, ni la imposición del jacobino árbol de la libertad.

Es cuestión de silogismos. Si se consiguió el consenso en la mayor, cual fue articular una Constitución con la abrumadora aprobación del pueblo español, por qué no articular lo que queda por aprender. Empezando por lo que más nos duele, que se supone son nuestros hijos.

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